Archivos de la categoría ‘Bufo Alvarius y otros “sin papeles” (LITERATURA)’

Las cosas de antes… ¡para después!”, le advierte un juicioso Iván a Milton al comienzo de la novela. Pero el recuerdo irreprimible de un amor se inmiscuye en el ahora del partisano (la guerra) y queda incrustado en su seno, como una astilla. Las palabras de una anciana, que sugieren la existencia de una relación entre su mejor amigo, Giorgio, y su añorada Fulvia, abren una grieta en algo que hasta entonces había permanecido puro e intacto en el corazón de Milton…

…porque todos guardamos un recuerdo de esos en el fondo de nosotros mismos, aislado de la turbiedad (siempre creciente) de la vida, impermeable a las diversas circunstancias que nos depara la existencia. Un oasis espiritual, privado, en el que refugiarnos y cobrar fuerzas en tiempos revueltos (“Había entrado a esa casa para recobrar inspiración y fuerzas… y salía vacío y destrozado”).

El recuerdo luminoso de Milton, hasta entonces estanco en las entrañas de su alma pero ahora repentinamente agrietado, comienza a ser penetrado por los fenómenos externos: por la lluvia (que pudre la memoria y borra los viejos senderos), por el barro (la corrupción y el peso de la vida, polvo eres y en polvo te convertirás), por la niebla (la duda interior, las elucubraciones abstraídas de una mente humana). Toda la realidad de ahí afuera queda como en suspenso hasta que Milton sepa “la verdad”, hasta que dirima su “cuestión privada”, para lo que emprenderá una búsqueda que lo lleve hasta Giorgio, partisano como él en otro escuadrón cercano. Pero la brecha ya está abierta y, poco a poco, los elementos van calando en el alma del protagonista (“soy de barro, por dentro y por fuera”) hasta el fatal desenlace.

Milton, pues, pide un permiso a su superior y atraviesa, en solitario, los bosques húmedos, silenciosos y cubiertos de niebla de los Langhe, asaltado únicamente por el sonido de los ladridos de los perros, allá en los apartados caseríos (ladridos recurrentes en la narración, señalando inquietantes presencias en el bosque: la propia o la de otros partisanos, la de los soldados fascistas).

Mientras Milton camina, y por medio de una serie de flashbacks, Fenoglio nos revela la singular relación de ese trío amoroso formado por Fulvia, Giorgio y Milton. Fulvia es una hermosa muchacha adolescente, turinesa (de ciudad, por tanto), que su padre ha mandado al campo temporalmente, para protegerla de los bombardeos. Una chicha consciente de su arma letal: la belleza, la juventud, la alegría. Fulvia se deja amar de modo distinto por Milton y por Giorgio. La de este último con ella es una relación cercana, tangible, corporal, de este mundo: no en vano, Giorgio es el chico guapo y rico del pueblo. Con ella baila, mientras Milton pone las canciones en el fonógrafo; con ella juega al tenis, mientras Milton lleva el tanteo en el marcador. Milton, en cambio es feo y pobre, pero inteligente, sensible, domina las palabras. La relación entre Milton y Fulvia se nos aparece cargada de “lejanía”: a ella le fascinan sus cartas, su voz y su manejo del lenguaje (conversan en el sofá, “en lados opuestos del sofá”); pero algo en la presencia física, real, del joven parece mortificarla (quizá su fealdad). Así como Milton siente que “la belleza de Fulvia” siempre lo “había, más que nada, afligido” (al tiempo que lo atraía hacia ella), parece como si la fealdad de Milton afligiera también a Fulvia, de algún modo. O quizá la belleza y la fealdad (exteriores) sean sólo el signo exterior de algo interno e inmaterial, algo más poderoso, aquello que realmente les fascinaba el uno del otro, a la vez que les lastimaba (la “alegría” de Fulvia, de la que el triste y feo Milton se sentía fatalmente vedado, por una parte; por otra, la “tristeza” de Milton, expresada en palabras mil veces más bellas que los ojos azules de Giorgio, pero enemiga de su juventud, de su portentosa belleza de mujer adolescente, de una vida en flor, alegre, fecunda y hechizante, como sólo la de una chica guapa puede serlo en este mundo): “Tus bellísimas palabras sólo sirven para hacerme llorar, Milton. Eres malo. No, no eres malo, pero eres triste. Peor que triste, eres tétrico. Si al menos lloraras tú también. Eres triste y feo. Y no quiero ponerme triste como tú. Yo soy guapa y alegre. Lo era”. La novela sugiere que algo estaba roto en Fulvia también, algo que intentaba colmar con Giorgio o flirteando con los chicos exentos del servicio militar en Alba, sintiendo el poder de su propia vida de mujer, de su juventud (ya se sabe que las mujeres huyen de la tristeza como de la peste, y las mujeres jóvenes aún más: como si ese sentimiento contradijese aquello para lo que han nacido: “Creo que las cosas alegres me rehuyen. Ni siquiera consigo verlas”, confiesa Milton al comienzo de la novela, intentando explicarle a ella su propia tristeza). La despedida de Fulvia en la estación de tren, en la que esta sonríe a Giorgio sin decir palabra mientras que a Milton, difuminando su sonrisa, le exige otra hermosa carta de las suyas, resume perfectamente la naturaleza diversa de las dos relaciones, la singular materia de la que están hechos los lazos que unen a Fulvia con los dos chicos. Por si esto fuera poco, el último vértice del triángulo, el que une a Giorgio y a Milton, resulta también especialísimo (“Giorgio parecía soportar sólo a Milton, sólo se entendía con Milton”): la imagen que mejor representa la índole de esta unión (uno más de las deslumbrantes trazos literarios de Fenoglio) es aquella que rememora Milton en cierto pasaje de la novela, cuando alude a aquel instante en el que uno de los dos se tumba para dormirse, en los establos, con los pies recogidos, y el otro espera a que este se haya colocado a su gusto, para ponerse a su lado y ocupar los huecos que el otro deja en el lecho, en perfecto acoplamiento, como dos mediaslunas. No en vano, Giorgio y Milton son, para Fulvia, algo así como una moneda (fatalmente) partida, algo quebrado que le gustaría hallar en un solo ser, pero que está disgregado en dos (o probablemente en más: “El amigo de la señorita… bueno, uno de sus amigos”; “¿Cuál es tu canción preferida, Fulvia? -No sabría decirte. Hay tres o cuatro…”). Fulvia es todo para Milton; también es todo para Giorgio; pero los dos chicos son sólo la parte de un todo para Fulvia.

El lazo que une a esta y a Milton queda sellado por una hermosa y triste canción, “Over the Rainbow”, que acompaña, como una banda sonora del alma, los andares del partisano entre la lluvia y el fango. De hecho, el único momento en el que Milton se rebela ante el contacto físico de Fulvia y Giorgio en los bailables es cuando, por descuido, empieza a sonar el “Over the Rainbow” (su canción, sólo la de ellos dos, no la de Giorgio), falta imperdonable que Fulvia admite al instante (“Tienes razón, Milton”).

Y es que, en esta novela, todo parece estar irremediablemente acotado por alguna fatalidad (inserta en la misma entraña de la vida), hay límites insalvables: espaciales (“prefería ignorarlo todo del Turín de Fulvia; su historia existía únicamente en la casa sobre la colina de Alba”); temporales (“no la veía desde el principio de la guerra y no volveré a verla antes del final”); emocionales (el amor dividido de Fulvia por los dos chicos, la canción reservada a Milton y a su amada); límites que sólo parecen poder quebrarse en un remoto “más allá”, en el particular “over the rainbow” de unos jóvenes protagonistas destinados a morir en cualquier momento de la guerra (“Usted nos habla de la vejez. Y la vejez no es asunto nuestro, en ningún sentido”).

La busca de Giorgio por parte de Milton se complica con diversas desventuras (es capturado por los fascistas, debido a la niebla cerrada, cuando se deja caer de su grupo de partisanos) y Milton se ve obligado a ingeniárselas para conseguir hablar con su amigo, que pronto será fusilado, para así conocer la verdad (por ejemplo, a los comunistas les pide uno de sus rehenes para canjearlo por Giorgio; o captura a un sargento fascista, que al intentar huir, es acribillado por Milton). Todos estas peripecias están cargadas de hondura creativa, de matices deliciosos (por ejemplo, la captura del sargento arranca de otra “cuestión privada” que le revela una vieja del pueblo, pues ese sargento se acuesta con una “enemiga” suya, una “guarra” que metió cizaña entre su hija y su yerno y que estuvo a punto de envenenar su matrimonio y por eso se acerca a él y le señala a ese sargento como posible rehén; pero es que, además, a ese fascista Milton jamás le ve la cara, desde el momento en el que le captura por la espalda, apuntándole con la pistola por detrás hasta que lo mata en su intento de huida, momento en el que por su espinazo corre una “gran mancha roja”, que representa, junto con el bellísimo azul de los ojos de su compañero y rival, Giorgio, y la explosión de colores del “over the rainbow”, la única pincelada de color en un relato que carece del todo de referencias cromáticas, salvo ese monótono y recurrente matiz ceniza con el que Fenoglio describe los rostros y las pieles de los partisanos (“Tienes la cara de color ceniza. -¿Y qué color crees que tiene la tuya?”); tonalidad a la que se ha degradado el mundo y la vida presente de todos los guerrilleros. El color de lo muerto.

Las mujeres ocupan un papel esencial en el relato, casi siempre con trazos negativos: las viejas son cizañeras o chismosas y las jóvenes, seres conscientes de su hechizante poder sobre los hombres o, directamente, guarras que utilizan sus cuerpos para salir del paso en la guerra. Entre estas últimas destaca la maestra fascista, seducida por el poder y el magnetismo de Mussolini (“Las maestras: es una especie que tiene el fascismo metido en el cuerpo. No sé qué les habrá hecho el Duce, pero nueve de cada diez son fascistas”). Lanzando improperios a los partisanos como una endemoniada, estos sólo consiguen exorcizarla rapándole la melena, desposeyéndola de una de sus seductoras “armas” femeninas (“nunca miréis cómo rapan a una mujer, no intentéis ni imaginároslo; es la patata más fea que existe y la impresión se extiende al resto de su físico”), mientras el liguero de la maestra asoma en medio del forcejeo… momento que los jóvenes partisanos aprovechan para masturbarse, “alineados en la cuneta de la carretera, de espaldas al pueblo y de cara al valle”.

Probablemente, la intrahistoria de una guerra (más allá del terror y el absurdo del combate) sea la de un puñado de chicos soñando con mujeres…

Fenoglio, en su narración, establece una diferencia entre los partisanos más simples (“Vosotros sois estudiantes universitarios, perlas delicadas, un precioso regalo que hay que desenvolver. En cambio los tipos como yo… no resultan lo bastante interesantes. Nada más pillarlos, los empujan contra una pared y les disparan antes de que toquen el suelo con los pies”) y los guerrilleros más intelectuales o educados (“Pero él también es estudiante y todos los estudiantes están un poco locos. Nosotros, los plebeyos, estamos mucho más centrados”). Milton es el epítome de estos últimos, llevado a la locura por la búsqueda de una “verdad”, por la preservación de un recuerdo ideal, un amor platónico, alojado en el centro de su mente y de su espíritu, en el corazón de lo inmaterial; un “asunto privado” que llevará a la muerte a dos hombres (el sargento al que Milton apresa para el canje por Giorgio y el partisano de catorce años al que los fascistas fusilan como represalia). Una locura privada (el amor, la verdad) en medio de otra locura general (la guerra, la vida).

Y es que cuando este libro acaba, sientes que realmente algo ha acabado; sientes que Milton (a través de la pluma de Fenoglio) ha escrito ya su carta prometida y que ahora sólo le queda esperar a que Fulvia aparezca allí arriba, más allá del arco iris; en ese lugar remoto al que sólo las alas de la muerte pueden alzarnos y donde la tristeza no aflige ya más ni a los recuerdos les invade una niebla; un lugar en el que los sueños que uno se atreve a soñar al final se hacen realidad, donde los colores no se destiñen jamás y los chicos feos y tristes bailan con chicas alegres y hermosas, una y otra vez, al son eterno de una misma canción, over the rainbow.

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