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Parecía casi una caricatura, pero tras ella latía una auténtica alma de rocker (ya se sabe que lo esencial es siempre invisible a los ojos). Eso es lo que hacía al personaje musical tan atractivo, tan perfecto. La máscara artística y el enmascarado humano se daban de la mano, eran uno.

Willy Deville surgió de William Paul Borsey como una fantasía. Había nacido en Connecticut, pero quiso volver a nacer, artísticamente hablando, en Nueva Orleans. El físico le acompañaba, pues parecía una sabandija. La voz también, como corrompida por galones y galones de bourbon, y siempre emocionante. Su alma poseía una estructura heterogénea, mitad romántico idealista, mitad capullo práctico, siempre a salto de mata; exactamente como su música, que era un olla podrida (nunca mejor dicho) de rhythm and blues, ritmos chicanos, soul, balladas de crooner de los años 50, rock and roll clásico… No le faltaba tampoco esa actitud chulesca tan necesaria, ese aire de perfecto fantoche, sin el que muy pocos, sólo los elegidos, pueden hacer rock del bueno. Además, componía bastante bien y, sobre todo, sabía contar buenas historias en una canción. Ojo, concebirlas, escribirlas e interpretarlas (estamos hablando de uno de los mejores “diestros” de canciones que haya habido en la historia: no en vano, sabía que lo primero que había que hacer ante una canción era elegir el lugar donde “colocarse”, la distancia exacta desde donde abordarla y estrujarle todo su jugo). Escogida su “posición”, tan sólo le restaba sacar su voz rasgada de la funda, disparar directo al corazón y… ahí estaban las canciones (y las versiones) de Willy Deville.

Sólo por poner un ejemplo, pocas veces he escuchado una canción tan bien “narrada” como “Spanish Jack”: todo en ella está elegido a la perfección, desde el tono y el ritmo hasta el mismísimo acento, la “colocación” sentimental y el tempo de las frases. La escena musical que dibuja es impecable; estamos hablando de una auténtica obra maestra de interpretación, que debería ofrecerse de modelo en todas las escuelas, guste o no guste su música. Deville sabía siempre para qué cantaba y desde dónde lo hacía (cosas que muchos simples “cantantes”, algunos incluso muy buenos, olvidan, dejando la mitad del jugo, sin exprimir, en el corazón de sus propias composiciones). Este tipo, en cambio, se hacía uno con sus propias historias, y con las ajenas, como muy poca gente lo haya hecho antes y les extraía toda la substancia. No por casualidad, “expresión” es, en latín, el sustantivo de “exprimir”… perfecta definición de lo que significa el arte para el artista que la ejecuta (ya sólo por poseer esa capacidad, este tipo me merece un respeto absoluto e incondicional).

Unos pocos retoques externos terminaron de acabalar la figura de Willy Deville: se dejó un mostacho a lo Pierre Nodoyuna y se vistió, ya bien como un poeta decadente francés del XIX, o como un viejo pirata de pocos escrúpulos… consiguiendo, por fin, la imagen que siempre recordaremos de él: la de un proxeneta con clase; un tío al que no le dejarías ni cinco centavos para un cigarrillo fuera del escenario, pero al que pagarías 100 dólares por verle tocar en vivo y llevarte eso a la tumba.

Deville no hizo jamás nada nuevo, musicalmente hablando… sólo lo hizo mejor. Más profundo.

Sus primeros pasos los dio con Mink Deville en el New York recién asolado por la “new wave” y el “punk”. Estaba hecho claramente de otra pasta musical, pero sus interpretaciones eran cortas, directas y arrebatadas… y eso, unido a cierta “actitud”, hacía que a los punks del CBGB el tipo les cayera simpático: para ellos, Deville pertenecía a una prehistoria idealizada, a todo un mundo perdido, casi jurásico, muy anterior a los solos de veinte minutos y a las “sobradas” de virtuosismo instrumental.

En sus primeros discos, abundan los “rockers”, los rhythm and blues sucios, los trasfondos boogies; su banda musical parece haber surgido de una pandilla callejera. Posteriormente, las baladas cobran más y más terreno y también las versiones de viejos clásicos, hasta llegar a un disco que a mí, especialmente, me encanta: “Horse of a Different Colour”. Este álbum contiene dos o tres versiones de pequeños clásicos del blues y del soul en los que Deville ahonda, llevándolos a una perfección desconocida. En su interpretación, se convierten en auténticos “killers” sentimentales, que emocionan de una forma muy singular. Más por su verdad anímica que por su genialidad musical. Quien siga teniendo la falsa idea de que Deville era un simple fantoche disfrazado, encontrará en este disco su refutación más palpable. De propina, además, Deville deja sobre la mesa dos o tres pequeñas gemas de su propia cosecha, que casan a conciencia con las versiones mencionadas, entroncando su música con la de sus clásicos idolatrados y cerrando, así, un círculo emocional y artístico que había empezado a trazar casi veinte años atrás. Este disco es un pequeño clásico de la verdad.

Se nos ha ido un “oriundo” del rock, una especie ya en extinción. Alguien para quien el rock no es sólo un género musical, sino una forma de vivir y ser en el mundo. En los próximos años se nos irán muchos más, es época de siega para aquellos que nacieron en los años 40 y 50 y participaron, por tanto, en el renacimiento del rock en los años 60. Las nuevas generaciones, por mucha nostalgia “rootsy” que puedan mostrar y mucho talento que posean no pueden ya penetrar en el significado profundo de las “raíces” del rock. Hay tanta diferencia entre un rocker de la vieja escuela y los jóvenes nostálgicos de esta, como entre un campesino de hace sólo una o dos generaciones y un nuevo rusticante que deja la ciudad para irse a vivir al campo y cultivar pimientos orgánicos; el rock (como la naturaleza en mi analogía) es algo que admiran y que buscan proteger, una cosa débil; no algo poderoso por (y contra) lo que han luchado; es una actividad, como mucho un ideal; pero no una cultura. Sólo se ama de verdad aquello contra lo que uno ha bregado, de un modo u otro. El secreto no está en el fruto final ni en el proceso intermedio, ni siquiera en el terreno que se cultiva, pues… sino en las raíces humanas que se hacen uno con la tierra que pisas y en qué las alimenta y las hace crecer y arraigar.

Willy Deville, en ese sentido, jamás pasará a la alta historia del rock, y aún así, será rock hasta el tuétano.

Lo cierto es que Deville me ha enseñado muchas cosas; en primer lugar, el significado oculto de algunas canciones, que sus autores originales no habían conseguido expresarme debidamente. Sin ir más lejos, su “Slave to Love” bien puede ser la versión definitiva de la composición de Ferry; al oírla en la voz de Deville esta pasa de ser una simple canción elegante para almas románticas, cantada por un dandy, a una confesión personal en toda regla, en la que el amor brota, como una flor preciosa, de abismos y abismos de tristeza; algo a lo que no se le puede decir “no” y que vivifica tanto como duele. Algo a lo que uno se aferra con desesperación, como se aferran los brazos de los marineros al mástil de un buque que naufraga…

También me hizo comprender (al escuchar su “Empty Heart”) de dónde venía ese vacío interior que, en el seno de uno, se va haciendo más y más grande, según pasan los años. “Nothing´s as heavy as an empty heart”, decía en esa canción Willy Deville. En otras palabras: ese aparente vacío interno que uno siente es, en realidad, un jodido agujero negro, el resultado fatal de tragarse más y más putas experiencias, cosa que por otra parte no podemos dejar de hacer, es un proceso natural e ineludible, que sólo falla en los muy imbéciles o en los gilipollas integrales; ese vacío no parece nada, un simple “hueco” en el seno de uno, pero pesa horrores, concretamente todo lo que hemos vivido. Hasta que llega el día en que ese agujero negro ya no puede hacer desaparecer más cosas en su seno, después de haberse tragado hasta la mismísima luz del vivir y… ¡pum!… todo explota y se va a tomar por culo (por cierto, no preguntéis nada a los científicos al respecto, os darán otro tipo de explicaciones, mucho más “objetivas” y “demostrables” sobre el asunto, sí, pero en el fondo son unos majaderos de tomo y lomo y sólo estarán intentando metérosla bien doblada; creedme, en realidad todo va de esto que digo… y punto).

“My love is like a storybook story, but it´s as real as the feelings I feel”, reza otra de sus canciones. Si dejamos la frase tal y como la concibió Deville, encontramos el secreto del romántico que fue; por su parte, si cambiamos “love” por “art”, hallamos el secreto de su oficio (el buen arte puede parecer una creación, pero es real; o al menos tan real como las emociones que sentimos); y ya si cambiamos “love” por “life”, nos topamos con algo todavía mucho más profundo… casi con nuestra única verdad interior: la de que la vida humana, vivida desde dentro, no es sino una fugaz “licencia para sentir” que nos ha sido concedida por razones desconocidas, por un tiempo limitado y que expirará el día menos pensado. Algo que estrujamos, como Deville estrujaba sus canciones, hasta que cae la última gota.

Habida cuenta de esto, bien podríamos afirmar que Willy Deville era algo así como nuestro “dealer”, un “camello” de emociones que nunca nos pasaba mercancía adulterada, un tío de confianza o… acabemos la analogía como a Deville le gustaría, revólver en mano… como un pistolero que nos disparaba siempre al corazón… y que rara vez fallaba.

A Willy Deville ya se le acabó su “license to thrill”… descanse, pues, en paz.

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