Archivos de la categoría ‘Bufo Alvarius en el Desierto de Sonora (MÚSICA)’

the-ramones-1977

– I –

El rock llevaba años esperando a sus “bárbaros” y al final estos llegaron…

Tommy, Joey, Dee Dee y Johnny Ramone eran cuatro patanes que se morían de aburrimiento en las calles de Nueva York. Como otros miles…

Sin embargo, de entre toda esa gatería americana que se afanaba por “matar el tiempo” en aquellos años, fueron ellos los que encontraron la fórmula más instantánea de aniquilación. Los Ramones determinaron que, para matar su tiempo, bastaba con dos minutos: dos minutos de canción tocada a toda hostia.

Había nacido el punk…

-II-

Los Ramones lobotomizaron el rock de los años 50 y 60, desde su particular detrito.

Transformaron al viejo rocker en poco menos que un zombie. Mantuvieron sus entrañas, desposeyéndolo de su cerebro y su corazón (lobotomía adolescente). Utilizaban aún, en su música, los elementos de un viejo lenguaje -el pop-rock de veinte años atrás-, pero su significado parecía haberse perdido para siempre, en sus cerebelos…

El cuarteto pasó a cuchillo, pues, el viejo rock and roll, conservando no obstante su cadáver: rebajaron las letras y los temas simplones al nivel de su idiocia cretinoide; la melodía -esa muchachita linda del pop de principios de los 60- acabó poco menos que estuprada en manos de esta pandilla de salvajes; y la ardentísima energía de sus canciones era incapaz de ocultar una indiferencia letal… Incluso la velocidad -tradicional- del género quedó como transfigurada: y es que nunca antes el rock and roll se había dirigido tan rápido a ninguna parte…

Ya sólo faltaba que Johnny Ramone sometiera a la guitarra de Chuck Berry a algo parecido a un proceso de electroshock… y la revolución, al fin, se consumaría.

-III-

En este sentido, hablar de los Stooges, o de los New York Dolls, o de las bandas de garaje como anticipos del punk es puro bizantinismo… El punk (los Ramones) es un rock que se dirige a ninguna parte, y que ha perdido TODO su sentido. Un “vaciado de entrañas” completo, tanto musical como anímico, que sólo han conseguido estos cuatro desechos de Nueva York. Y nadie más, antes que ellos.

No hay en los Ramones pretensiones artísticas; no existe glorificación alguna de la guitarra; no hay vacíos metafísicos o intelectuales; no hay técnica; no hay “mensaje”, no hay la más mínima aspiración musical. De ningún supuesto precursor puede decirse todo eso (y quizás tampoco de ningún discípulo).

Si el punk, entre otras cosas, consiste en tocar fondo… sólo los Ramones cayeron tan bajo.

-IV-

Los acordes de asalto de Johnny Ramone se encargan de propulsar los cinco clásicos de 1976: “Blietzkrieg Bop”, “Judy is a Punk”, “Beat on the Brat”, “I wanna sniff some Glue” y “Today your Love, tomorrow the World”. Las tres primeras son composiciones supersónicas, de ritmo martilleante; “I wanna sniff some Glue” se convertirá en su primer adefesio y “Today your Love, tomorrow the World” en su primer gran himno “militar”. Escuchar este trabajo de los Ramones es lo más parecido a asistir al descubrimiento del fuego, o a la utilización de la primera herramienta: la banda, en años posteriores, no volvería a mostrarse ya tan troglodítica…

…pero el dominio definitivo del fuego lo conseguirán en 1977. Una tras otra, se suceden las cápsulas de rock concentrado y supersónico: “Teenage Lobotomy” es, quizás, la gilipollez maestra de los Ramones.

Rockaway Beach”, “Sheena is a punk rocker”, “Gimme Gimme Shock Treatment”, “Commando” y “Cretin Hop” arrancan a mata guitarra, y no ponen los pies en el suelo hasta dos minutos después. “I wanna be well” y “I don´t care”, por su parte, son las personalísimas “baladas” de esta pandilla de estafermos…

1978 señala la obsolescencia artística del grupo. Por suerte, “I wanna be sedated” y “I´m against it” (potentísima declaración de principios del cuarteto) se encargan de salvar el año… pero los Ramones están ya acabados; y con su misión -aquí, en la tierra del rock and roll- debidamente cumplida.

– VI-

En su música se encierran -como si de una fecundísima semilla se tratara- todas las potencialidades del punk: su rama cómica, la más “hard-rock” o dura, la nihilista, la veloz, la carroñosa, la melódica, el “horror-punk”…

Treinta años después de su aparición bien puede afirmarse que los Ramones fueron, sin duda alguna, la banda más decisiva e influyente de la historia del punk. Una gloriosa inepcia, que transfiguró todas las bases del rock and roll tradicional, sin ni siquiera proponérselo.

Por primera vez, el espíritu punk había tomado posesión completa de un ”cuerpo”…

– VII –

Ninguna “amenaza” podrá superar jamás ese terrible “hecho” que fueron los Ramones.

Estos son un par de remates del prog rock, que hay que degustar aristocráticamente, repanchingándose en el sofá del propio cuarto como un lord inglés con un té en la mano e imaginándose que ahí afuera sólo hubiera hordas y más hordas de punks desharrapados, dispuestos a acabar como sea con un viejo régimen sustentado en los instrumentales de veinte minutos, el uso del melotrón y otras distinguidas tradiciones sónicas:

http://rutube.ru/video/95ae7c0e46533a3e60a85b8f396d9853/

http://rutube.ru/video/063a4fe090b31c01c84c135c07dfc738/

Tu vieja madre…

Publicado: noviembre 29, 2011 en Música España, Música España (80s)



Golpes Bajos… “Cena recalentada”… ¡y en los tiempos anteriores al microondas!

Ay, recuerdos…

Cuando esa madre terriblemente cansina, a veces un poco chillona, a menudo deficientemente alfabetizada, con poco “mundo”, pero siempre abnegada y amorosa, leal (con sus preocupaciones cuasineuróticas, expresadas en frases y más frases repetitivas -las que aparecen en el vídeo y otras muchas más), termine por desaparecer (algo que ocurrirá tarde o temprano, por mucho que en el fondo de toda madre reside siempre una semilla de sacrificio) y sea sustituida por su versión postmoderna, el universo humano habrá perdido una de sus piezas más valiosas.

Sin ir más lejos, ayer mismo mi madre, que está ya viuda, me volvió a repetir una de esas típicas frases, ante la perspectiva de pasar un fin de semana más sola en casa (reproducir el tono con que se pronuncian estas cosas en un escrito es misión imposible, pero creo que cada uno de nosotros somos capaces de darles la entonación justa aquí dentro, en nuestra propia cabeza):

“A mí con que vosotros estéis bien, ya me basta; yo ya me las arreglaré…”.

Por una parte, ese tipo de frases me causan una insondable tristeza, casi rabia (¡todas las cosas que se habrá perdido mi madre para sí misma por ese modo de ver el mundo!) y al tiempo una infinita admiración; una admiración que todos las modernas madres, con su rectitud dietética; su educación racionalmente planificada; su par de títulos universitarios; sus comprensibles y merecidas ansias de ascenso laboral; con su intento, siempre bienintencionado, de salvar el cuarto de siglo que le separa de su hijo y darle “tiempo de calidad” (y todo esto en el mejor de los casos, claro está) jamás conseguirán arrancar de sus vástagos.

Creo que fue un viejo poeta checo, hoy injustamente olvidado, quien lo expresó mejor que nadie en uno de sus poemas:

“¿Has visto alguna vez a tu vieja madre
en el momento en que te hace la cama,
extiende, estira, remete y acaricia la sábana,
para que no quede ni una sola molesta arruga?
Su respiración, el gesto de sus manos y sus palmas
son tan amorosas
que en el pasado siguen apagando el incendio de Persépolis
y en el presente aplacan ya alguna tempestad futura
en el mar de China o en otro hasta hoy desconocido…”

Y, al punto, en el que para mí siempre ha sido mi ideal de resurrección (tanto en mis momentos de duda como en instantes de fe; de hecho por encima de cualquier otra circunstancia vivida), remata el poema, diciendo:

“¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos
un día aquí al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo pensando
que el principio de nuestra resurrección,
la de todos los difuntos,
la anunciará el simple canto de un gallo…
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento…
La primera en levantarse será mamá…
La oiremos encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa”.

Amén.

Desde siempre, los filósofos se han preguntado: “¿Qué es la realidad?”.

Los científicos: “¿Cómo funciona el universo?”

Los éticos: “¿Qué es el bien y qué es el mal?”

Y los religiosos: “¿Existe Dios?” “¿Es la muerte real?”…

Pero no os engañéis… la única pregunta que a todos los humanos nos ha hecho estremecernos de pies a cabeza (entrepierna incluida), es esta:



El miedo y el deseo, las dos grandes corrientes motoras del hombre, se concentran de modo deliciosamente atroz en cada pequeña célula de nuestro cuerpo, en esos pocos segundos que tarda en llegar la respuesta…

Sí… o no.

Bien pensado, todas las preguntas de arriba no son más que una sublimación de la única pregunta humanamente “real” y “pertinente”.



Parecía casi una caricatura, pero tras ella latía una auténtica alma de rocker (ya se sabe que lo esencial es siempre invisible a los ojos). Eso es lo que hacía al personaje musical tan atractivo, tan perfecto. La máscara artística y el enmascarado humano se daban de la mano, eran uno.

Willy Deville surgió de William Paul Borsey como una fantasía. Había nacido en Connecticut, pero quiso volver a nacer, artísticamente hablando, en Nueva Orleans. El físico le acompañaba, pues parecía una sabandija. La voz también, como corrompida por galones y galones de bourbon, y siempre emocionante. Su alma poseía una estructura heterogénea, mitad romántico idealista, mitad capullo práctico, siempre a salto de mata; exactamente como su música, que era un olla podrida (nunca mejor dicho) de rhythm and blues, ritmos chicanos, soul, balladas de crooner de los años 50, rock and roll clásico… No le faltaba tampoco esa actitud chulesca tan necesaria, ese aire de perfecto fantoche, sin el que muy pocos, sólo los elegidos, pueden hacer rock del bueno. Además, componía bastante bien y, sobre todo, sabía contar buenas historias en una canción. Ojo, concebirlas, escribirlas e interpretarlas (estamos hablando de uno de los mejores “diestros” de canciones que haya habido en la historia: no en vano, sabía que lo primero que había que hacer ante una canción era elegir el lugar donde “colocarse”, la distancia exacta desde donde abordarla y estrujarle todo su jugo). Escogida su “posición”, tan sólo le restaba sacar su voz rasgada de la funda, disparar directo al corazón y… ahí estaban las canciones (y las versiones) de Willy Deville.

Sólo por poner un ejemplo, pocas veces he escuchado una canción tan bien “narrada” como “Spanish Jack”: todo en ella está elegido a la perfección, desde el tono y el ritmo hasta el mismísimo acento, la “colocación” sentimental y el tempo de las frases. La escena musical que dibuja es impecable; estamos hablando de una auténtica obra maestra de interpretación, que debería ofrecerse de modelo en todas las escuelas, guste o no guste su música. Deville sabía siempre para qué cantaba y desde dónde lo hacía (cosas que muchos simples “cantantes”, algunos incluso muy buenos, olvidan, dejando la mitad del jugo, sin exprimir, en el corazón de sus propias composiciones). Este tipo, en cambio, se hacía uno con sus propias historias, y con las ajenas, como muy poca gente lo haya hecho antes y les extraía toda la substancia. No por casualidad, “expresión” es, en latín, el sustantivo de “exprimir”… perfecta definición de lo que significa el arte para el artista que la ejecuta (ya sólo por poseer esa capacidad, este tipo me merece un respeto absoluto e incondicional).

Unos pocos retoques externos terminaron de acabalar la figura de Willy Deville: se dejó un mostacho a lo Pierre Nodoyuna y se vistió, ya bien como un poeta decadente francés del XIX, o como un viejo pirata de pocos escrúpulos… consiguiendo, por fin, la imagen que siempre recordaremos de él: la de un proxeneta con clase; un tío al que no le dejarías ni cinco centavos para un cigarrillo fuera del escenario, pero al que pagarías 100 dólares por verle tocar en vivo y llevarte eso a la tumba.

Deville no hizo jamás nada nuevo, musicalmente hablando… sólo lo hizo mejor. Más profundo.

Sus primeros pasos los dio con Mink Deville en el New York recién asolado por la “new wave” y el “punk”. Estaba hecho claramente de otra pasta musical, pero sus interpretaciones eran cortas, directas y arrebatadas… y eso, unido a cierta “actitud”, hacía que a los punks del CBGB el tipo les cayera simpático: para ellos, Deville pertenecía a una prehistoria idealizada, a todo un mundo perdido, casi jurásico, muy anterior a los solos de veinte minutos y a las “sobradas” de virtuosismo instrumental.

En sus primeros discos, abundan los “rockers”, los rhythm and blues sucios, los trasfondos boogies; su banda musical parece haber surgido de una pandilla callejera. Posteriormente, las baladas cobran más y más terreno y también las versiones de viejos clásicos, hasta llegar a un disco que a mí, especialmente, me encanta: “Horse of a Different Colour”. Este álbum contiene dos o tres versiones de pequeños clásicos del blues y del soul en los que Deville ahonda, llevándolos a una perfección desconocida. En su interpretación, se convierten en auténticos “killers” sentimentales, que emocionan de una forma muy singular. Más por su verdad anímica que por su genialidad musical. Quien siga teniendo la falsa idea de que Deville era un simple fantoche disfrazado, encontrará en este disco su refutación más palpable. De propina, además, Deville deja sobre la mesa dos o tres pequeñas gemas de su propia cosecha, que casan a conciencia con las versiones mencionadas, entroncando su música con la de sus clásicos idolatrados y cerrando, así, un círculo emocional y artístico que había empezado a trazar casi veinte años atrás. Este disco es un pequeño clásico de la verdad.

Se nos ha ido un “oriundo” del rock, una especie ya en extinción. Alguien para quien el rock no es sólo un género musical, sino una forma de vivir y ser en el mundo. En los próximos años se nos irán muchos más, es época de siega para aquellos que nacieron en los años 40 y 50 y participaron, por tanto, en el renacimiento del rock en los años 60. Las nuevas generaciones, por mucha nostalgia “rootsy” que puedan mostrar y mucho talento que posean no pueden ya penetrar en el significado profundo de las “raíces” del rock. Hay tanta diferencia entre un rocker de la vieja escuela y los jóvenes nostálgicos de esta, como entre un campesino de hace sólo una o dos generaciones y un nuevo rusticante que deja la ciudad para irse a vivir al campo y cultivar pimientos orgánicos; el rock (como la naturaleza en mi analogía) es algo que admiran y que buscan proteger, una cosa débil; no algo poderoso por (y contra) lo que han luchado; es una actividad, como mucho un ideal; pero no una cultura. Sólo se ama de verdad aquello contra lo que uno ha bregado, de un modo u otro. El secreto no está en el fruto final ni en el proceso intermedio, ni siquiera en el terreno que se cultiva, pues… sino en las raíces humanas que se hacen uno con la tierra que pisas y en qué las alimenta y las hace crecer y arraigar.

Willy Deville, en ese sentido, jamás pasará a la alta historia del rock, y aún así, será rock hasta el tuétano.

Lo cierto es que Deville me ha enseñado muchas cosas; en primer lugar, el significado oculto de algunas canciones, que sus autores originales no habían conseguido expresarme debidamente. Sin ir más lejos, su “Slave to Love” bien puede ser la versión definitiva de la composición de Ferry; al oírla en la voz de Deville esta pasa de ser una simple canción elegante para almas románticas, cantada por un dandy, a una confesión personal en toda regla, en la que el amor brota, como una flor preciosa, de abismos y abismos de tristeza; algo a lo que no se le puede decir “no” y que vivifica tanto como duele. Algo a lo que uno se aferra con desesperación, como se aferran los brazos de los marineros al mástil de un buque que naufraga…

También me hizo comprender (al escuchar su “Empty Heart”) de dónde venía ese vacío interior que, en el seno de uno, se va haciendo más y más grande, según pasan los años. “Nothing´s as heavy as an empty heart”, decía en esa canción Willy Deville. En otras palabras: ese aparente vacío interno que uno siente es, en realidad, un jodido agujero negro, el resultado fatal de tragarse más y más putas experiencias, cosa que por otra parte no podemos dejar de hacer, es un proceso natural e ineludible, que sólo falla en los muy imbéciles o en los gilipollas integrales; ese vacío no parece nada, un simple “hueco” en el seno de uno, pero pesa horrores, concretamente todo lo que hemos vivido. Hasta que llega el día en que ese agujero negro ya no puede hacer desaparecer más cosas en su seno, después de haberse tragado hasta la mismísima luz del vivir y… ¡pum!… todo explota y se va a tomar por culo (por cierto, no preguntéis nada a los científicos al respecto, os darán otro tipo de explicaciones, mucho más “objetivas” y “demostrables” sobre el asunto, sí, pero en el fondo son unos majaderos de tomo y lomo y sólo estarán intentando metérosla bien doblada; creedme, en realidad todo va de esto que digo… y punto).

“My love is like a storybook story, but it´s as real as the feelings I feel”, reza otra de sus canciones. Si dejamos la frase tal y como la concibió Deville, encontramos el secreto del romántico que fue; por su parte, si cambiamos “love” por “art”, hallamos el secreto de su oficio (el buen arte puede parecer una creación, pero es real; o al menos tan real como las emociones que sentimos); y ya si cambiamos “love” por “life”, nos topamos con algo todavía mucho más profundo… casi con nuestra única verdad interior: la de que la vida humana, vivida desde dentro, no es sino una fugaz “licencia para sentir” que nos ha sido concedida por razones desconocidas, por un tiempo limitado y que expirará el día menos pensado. Algo que estrujamos, como Deville estrujaba sus canciones, hasta que cae la última gota.

Habida cuenta de esto, bien podríamos afirmar que Willy Deville era algo así como nuestro “dealer”, un “camello” de emociones que nunca nos pasaba mercancía adulterada, un tío de confianza o… acabemos la analogía como a Deville le gustaría, revólver en mano… como un pistolero que nos disparaba siempre al corazón… y que rara vez fallaba.

A Willy Deville ya se le acabó su “license to thrill”… descanse, pues, en paz.