Archivos para junio, 2013

Larry Coe y Margaret Gault son, en la superficie, dos clásicos productos de la América de los años 50. Dos seres humanos cualesquiera crecidos en la Arcadia (modo USA) de los bonitos barrios residenciales. Casados como Dios manda, llevan a sus hijos al colegio por la mañana, como todo buen padre, organizan barbacoas en el jardín con sus amorosos cónyuges y sus amistosos vecinos. Llevan, al menos aparentemente, una vida en regla, una vida plena. Pero basta acercarse un poco a sus vidas para que en esa superficie niquelada se adviertan las peligrosas grietas que conforman su frágil identidad. Las etiquetas fabricadas (como dice Larry en un momento dado de la película) de las que todos estamos hechos y que, en el fondo, apenas sirven para esbozar un dibujo falso de nosotros mismos, una carta de presentación para los demás y un maquillado autorretrato para consumo interno, tan espurio como la sonrisa que llevamos puesta en la fotografía de nuestros respectivos carnés de identidad: “arquitecto”, “marido”, “padre”, “hombre”, “honor”, “decencia”… “Las coso en mis trajes, pero nunca encajan”, le confiesa Larry a Roger, tumbado en un sillón con un whisky en la mano, en una de las conversaciones más esclarecedoras del film, ya en su parte final. “Soy un saco de mentiras”.

Pero empecemos por el principio. Porque todo comienza en una parada de bus, como otras tantas de la América de Eisenhower, calcadas unas a otras, como los coches que aparecen en la película, los supermercados, los aparcamientos, las casas que construía Larry y que ahora le cansan, los matrimonios, los trajes, los colores de los trajes, los peinados… todo idéntico a sí mismo, moldeado en un mismo troquel, forjado en un mismo ideal. Quine dibuja eso de manera magistral, el mundo rutinario de las vidas fabricadas en serie, el escenario perfecto en el que tendrá lugar la humana, y por tanto imperfecta, historia de Maggie y Larry. Este se siente atraído por esa misteriosa rubia que retoca el cuello de la camisa de su hijo, justo antes de subir al autobús del colegio. La herida (el deseo) ha hecho así su primer corte en eso que llamamos realidad, una herida antigua que Larry probablemente venía desarrollando en su interior desde Dios sabe cuándo, desde que dejó Baxter y Baxter y se puso a diseñar casas “más personales” en busca de esa casa que no quisiese “derribar y construir de nuevo” o desde que su esposa (por otra parte, casi perfecta) empezó a inmiscuirse en la elección de sus contratos, recordándole que a final de mes hay que pagar las facturas. Porque hasta lo perfecto, entre humanos, tiene fecha de caducidad…

El segundo encuentro, en el que la herida (el deseo) produce una nueva incisión en la realidad, esta vez en la de la protagonista femenina, tiene lugar en el supermercado, entre esas latas perfectamente dispuestas en los estantes. En ese mundo de “Matrix” se desencadena un error (Maggie coge el carrito de Larry por accidente) y ello lleva a una conversación entre los dos que acaba con esa frase letal, con la que Larry flecha a Maggie definitivamente: “No eres tan bonita”. Acostumbrada a que los hombres y las mujeres le digan “qué mujer tan guapa” (de hecho, incluso molesta por ello, debido a algún oscuro secreto que convierte su belleza en una especie de autocondena), Kim Novak empieza a rendirse ante la seducción de ese portento físico y facial llamado Kirk Douglas.

Larry, tras varias dudas por parte de Maggie, la lleva a ver el terreno donde construirá la casa de Roger Altar (el escritor de éxito, insatisfecho, inseguro de sí mismo y de sus libros, siempre liado con una chica diferente, siempre pendiente de lo que digan los críticos, su editor o hasta el propio arquitecto: “¿Te gusto, Larry?”, le pregunta titubeante tras su primer encuentro, como queriendo confirmar la empatía). Una casa que estará en lo alto de la colina, en las alturas, sí, pero al mismo tiempo al borde de un precipicio, esperando a la llegada de cualquier súbito chaparrón bajo el sol de California y el consiguiente desplome. Una casa fijada “a las nubes”, sin posible ancla en la realidad; con los cimientos en el territorio de los sueños imposibles, de los deseos insatisfechos. “Over the Rainbow”, que diría Beppe Fenoglio, autor de esa otra gran obra maestra sobre el sueño y la realidad, la memoria y el presente, llamada “Un Asunto Privado”. En el fondo, Larry y Maggie son soñadores despiertos.

La historia se va enriqueciendo aún más, una vez que conocemos a los diversos personajes que rodean a la pareja principal: la madre de Maggie, por ejemplo, es una adúltera, que en su día rompió el pacto de fidelidad con su marido y se dejó llevar por el deseo, lo que crea aún más dudas en Maggie a la hora de engañar también a su esposo, pues en verdad, como hija, no puede dejar de reprochárselo; una madre que sabe perfectamente que Maggie jamás se ha enamorado todavía, de verdad, de ningún hombre); el marido de Kim Novak es un picha frígida o aspirante a homosexual que no responde a la última oportunidad que le ofrece su mujer antes de ponerle los cuernos con Larry, insinuándose ante él con la blusa negra abierta, asomando su pecho y el sujetador, casi suplicando un poco de pasión: “Dime que me deseas”); la mujer de Larry, Eve, representa el ideal de devota esposa, intentando anclar a su marido a la realidad; Félix (un siniestro Walter Matthau), “observador de la humanidad”, como él se define a sí mismo, es un profesional de lo que Larry y Maggie hacen naturalmente, como simples amateurs (es decir, el adulterio), un cazador de esposas insatisfechas o cornudas, depredador sin escrúpulos en busca del momento oportuno para abalanzarse sobre su víctima; finalmente, hay también un misterioso hombre del teléfono que acosa a Maggie, como un fantasma del pasado del que esta no puede liberarse…

Larry y Maggie cruzan la línea de la infidelidad quedando en el Albatross, un local junto al mar (el mar será desde entonces un acompañante fiel de sus encuentros románticos, casi un símbolo de la libertad a la que ambos aspiran). Kim Novak, vestida de rojo pasión, y Kirk Douglas entablan una conversación, que comienza con cierto “corte” entre los dos, sigue con las consabidas bromas para romper el hielo por parte de él y luego se va cargando de deseo e indirectas… charla durante la cual, y viendo la mirada de Maggie mientras sorbe su martini, uno va sintiendo cierto apretón en la entrepierna, mil veces más firme que el producido por la más subida escena porno que pueda imaginarse; y es que, al final, lo que acabamos sintiendo es ESO que yo creo que todos hemos sentido en un primera cita con una chica, cuando sabemos que a ella le gustamos y que todo va a acabar en pasión, y las indirectas se cazan al vuelo y casi sientes la bomba de relojería del deseo haciendo tic-tac, tic-tac, tic-tac entre tú y ella, un punto cachondo que ninguna película porno sabrá alcanzar jamás por más muslamen, pechamen y deseo fingido que nos muestre… Pues bien, esta escena capta ESO como pocos momentos del cine. “¿Sabes cómo me siento, Larry: me siento como una…”. Maggie se muerde los labios, pero queda claro que la palabra omitida es “fulana”. Tras ese instante de culpabilidad, se levanta de la mesa y huye hacia la puerta, pero allí se detiene y se deja poseer por Douglas, que le arrima la cebolleta sin compasión y le pega un chupeteo de tomo y lomo. Si esta no es una de las grandes escenas de pasión del cine, que baje Dios y lo vea. Yo sólo de recordarla, me corro vivo.

Siguen más y más encuentros entre los dos, por ejemplo el de la playa, en el que se atisba en Maggie cierta inseguridad ingénita, como si no se sintiera a la altura de Eve (en realidad, de ninguna mujer); es algo que va más allá de la normal incertidumbre de si él se va quedar con ella o con su esposa, creo yo. Hay una gran serie de complejos y miedos íntimos en el personaje de Novak, en los que no llegamos a penetrar nunca del todo a lo largo de la película (esa obsesión con “la belleza”, por ejemplo). Hay un “no me lo merezco” inscrito en ella, un “soy una fulana”, un “sólo soy bella” que se hunde Dios sabe dónde en su alma y que crea un área de ambivalencia y tiniebla en su interior (cuando Maggie le cuenta la historia del camionero, otro escenón maravillosamente filmado por Quine, y le revela ese fondo oscuro por un instante, Larry se siente perplejo, se enfada, no entiende, aunque después rectifique el juicio sumarísimo que hace del comportamiento de Maggie). Ella jamás será comprendida del todo.

La construcción de la casa “ideal” de Roger Altar sigue su curso (una casa convertida en símbolo de la relación sentimental de los dos infieles). Pero Eve empieza a sospechar y monta una fiesta con vistas a fortalecer la relación con su marido. Sin embargo, invita a Maggie y a Ken, sin saber que ella es la “amante” de Larry. Otra escena capital de la película, en la que todo sucede rutinariamente (el vecino “pesado” contando chistes malos a todo quisque después del tercer gintonic y cosas así, al modo de Cheever), hasta que todo explota cuando Félix descubre la relación entre Maggie y Larry (“en nuestras casas somos muebles, Larry, pero en la de al lado, somos héroes”). Se ha descubierto el pastel. Fin del mundo ideal, del romance oculto y comienzo de la “caída” a plomo, en la realidad, del amor perfecto. El fragmento termina con Maggie sola, recogiendo su abrigo y su bolso en el dormitorio de Eve y Larry, paseando por esa casa, tocando los objetos de la mujer de su amado. Esta escena, interpretada como el deseo por parte de Maggie de tener esa vida marital con Larry, resulta de una genialidad iluminadora, pero a mi ver, va todo más allá una vez más, gracias a esa ambigüedad impenetrable, a esos miedos profundos del personaje de Novak. Nuevamente, parece surgir en ella esa indignidad, ese “no me lo merezco”, ese “soy una fulana, como mi madre”, ese “sólo soy bella” o vete tú a saber qué que la atormenta en lo más hondo de su alma. Basta ver sus gestos para saber que hay algo más profundo que el deseo de ser la esposa de Larry en su deambular por los aposentos de Eve. Ese sentimiento es rematado, definitivamente, por el encuentro con el hijo varón de Larry, justo cuando está a punto de volver al salón y despedirse. “Eres muy guapa...” le espeta el cachorro de varón, sin saber que le está dando a su alma casi un tiro de gracia.

Al informarle de que Félix ha descubierto lo suyo (“ha pasado lo que tenía que pasar, tarde o temprano”), Maggie desea que las cosas sigan igual, entre dos mundos, el del deseo y el de la realidad (como si eso fuera ya posible y los diques entre esas dos aguas no se hubiesen roto definitivamente); Larry empieza a pensar en que no quiere hacer daño a las personas queridas, a su mujer, a sus hijos… empieza la irrefrenable cuesta abajo, marcada por los intensos chaparrones que atormentan la hasta entonces soleada California en la que se mueven los dos protagonistas. Para más inri, a Larry le ofrecen la construcción de una ciudad entera en Hawaii, un trabajo de cinco años. Parece como si la realidad tentase al deseo de libertad y de creatividad del arquitecto, invitándole a volver al redil, a regresar con su esposa, con su familia y a dejar el “affair” con Maggie. Maggie, en comparación, no gozará de ninguna tentación, de ninguna vía de escape a la que agarrarse. Lo que convertirá su final en algo más trágico que el de Larry…

Bajo un nuevo chaparrón y aprovechando la ausencia del arquitecto, Félix se acerca a la casa de este e intenta acosar a Eve (“bajo cualquier ama de casa, hay una amante potencial”), haciéndole saber con su propia presencia, con su propio intento de seducción, que sus sospechas de que Larry se ve con otra mujer son ciertas. La escena es perturbadora, violenta sin actos violentos, con un Matthau “sucio” como nunca antes, y una Eve violada sólo con su mirada, con su cuerpo aproximándose al de su víctima, lascivamente, y acariciándole los cabellos. De nuevo, Quine consigue transmitir algo sexual, algo obsceno, sin necesidad de ser pornográficamente explícito. Larry ve salir a Félix de su casa, le persigue bajo la lluvia y le suelta un puñetazo. Este sonríe y le propina un letal “Dime, arquitecto, ¿qué diferencia hay entre tú y yo?”, que resulta ser un contragolpe directo al alma, mucho más doloroso que el golpe físico que Larry acaba de endilgarle. La escena que le sigue, la de Larry confesándole a Eve su adulterio, muestra perfectamente los sentimientos de la esposa, con esta dándole la espalda a su marido (y a la cámara). “Haz lo que te plazca, vete al infierno, pero lárgate de mi vista”. El miedo de Larry, el de hacer daño con su amor por Maggie a la gente que le rodea, se hace real, por fin, en esa escena y algo parece hacer “click” en su cabeza. “Quisiera que volviéramos a ser lo que éramos” le dice el día siguiente Eve a su esposo, intentando congraciarse con él ¿”Qué nos ha ocurrido? No parecemos nosotros”. Después de tantos años juntos, vuelven a ser extraños el uno para él otro, otra vez más. Como si hubiesen acabado de conocerse. ¿Y es que alguna vez acabamos de conocernos? ¿Alguna vez dejamos de ser extraños? No ya los unos para los otros, sino ¿para nosotros mismos? Eve rompe a llorar y se arrodilla ante su marido. “Ayúdame, Larry, no creo que pueda vivir sin ti. Ayúdame”. Y Larry, sin pronunciar una sola palabra, cede. El principio del fin de su relación con Maggie, que se había iniciado con el descubrimiento por parte de Félix de su existencia, ha llegado a la estación final.

Los hilos de la trama se van cerrando. Roger Altar escribe “su libro”, un libro personal, propio al fin, pero confiesa en su conversación con Larry que alcanzar su “deseo” no le ha hecho sentirse satisfecho, que ha descubierto “que no era lo que deseaba”. Lo que él envidia es una vida marital como la de Larry, estable, con críos, con una amorosa esposa con la que compartir su éxito. Suprema ironía. Larry, por su parte, le confiesa que todos los consejos que le dio al principio de su amistad, quizá sean una mentira (se refiere al “decide lo que es importante, tus prioridades y hazlo”). Él mismo, ahora, ya no es capaz de saber qué es lo importante. Qué es él mismo. “Nos conocimos como extraños y nos despedimos como medio extraños, también”, le dice Roger cuando Larry le entrega las llaves de su nueva casa. “Sí, y si alguna vez llegas a conocer a un ser humano, será un milagro”, le responde este. Ahora comprendemos, de repente, qué hay en el interior de esos coches que deambulan sin parar por las carreteras del film: extraños individuos cruzándose los unos con los otros en su camino, intentando amarse, conocerse, comprenderse. Como en aquel maravilloso cuento de Calvino (“La aventura de un automovilista”).

Y llega la escena final: Larry y Maggie se encuentran en la casa, aún vacía, de Altar. En “su” casa ideal, anclada en las nubes. “Maggie, me voy a Hawai, a construir una ciudad”. “¿Os vais todos?”, le pregunta ella, como queriendo confirmar que todo ha acabado, aceptándolo con el rostro de resignación de quien, quizá mejor aún que Larry, sabía que esto debía acabar algún día, que no era posible para ella, o que en el fondo ni se lo merecía… Entran en la casa y la recorren, como si fueran marido y mujer en su nuevo hogar (algo ya imposible). Un último instante de felicidad, como deambulando en el mundo de los sueños justo antes de cerrar la puerta tras de sí y clausurarlo, de volver a la realidad. “Me gustaría construir un foso alrededor de esta casa para dejar el mundo fuera”, dice Larry. “Solos tú y yo”. Y después, la despedida: “Te amo, Maggie”. “Yo también”. Pero Quine nos tiene preparado un último golpe de genio, cuando llega el albañil jefe para echar una ojeada y se encuentra con los dos: “Tiene un marido extraordinario, Señora Coe”, le suelta a Maggie. Por un instante, ella es confundida con la persona que realmente quiere ser. Y luego viene la última imagen, con Maggie descendiendo en su coche desde la casa al mundo real, donde un chaval de las obras la mira con lujuria, sonriendo, posiblemente con un único pensamiento en la cabeza: “Joder, qué mujer más guapa, me encantaría tirármela”…

El final más trágico posible para el personaje más misterioso y fascinante de esta enorme película, una de las mejores que he visto en mucho, mucho tiempo.