Archivos para abril, 2013

Divertida sátira sobre el Medievo. No llega a la perfección de Rufufú, si bien atesora dos o tres escenas formidables.

La primera (la del puente) es Monty Python puro y duro (¡ante-litteram!) y la segunda (la de la corte bizantina) una inspirada caricatura de la decadencia del Imperio, con escena sado-maso incluida.

La especialidad de Monicelli parece ser el retrato de un puñado de ineptos en pos de una quimera (o, lo que viene a ser prácticamente lo mismo, de la humanidad).


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– I –

Esto no es Hollywood (como nos dice Mastroianni en una de las escenas más memorables de esta película); tampoco es un “film noir” francés con actos delictivos de elegante factura (como el gran “Rififí” de Jules Dassin del que proviene el nombre dado en España a la cinta). No, esto es un atraco imperfecto, pergeñado por unos miserables de tomo y lomo, por unos incompetentes, en la Italia de la posguerra. Una “heist movie” al modo del sur de Europa, vaya. Una parodia de lo que se hace impecablemente por ahí arriba, una auténtica chapuza… pero cinematográficamente genial… y rebosante de ese antídoto que los meridionales hemos tenido que desarrollar contra el fiasco de los siglos: el humor.

Por de pronto, aquí no se atraca una joyería parisina de alto copete, como en el film de Dassin, sino un simple monte de piedad romano; los delincuentes no roban “Cadillacs”, a la manera de las películas de cine negro de Hollywood, sino carritos de niños por cuatro mil liras; y la principal escena de persecución se lleva a cabo en los autochoques de una barraca de feria… vamos, para partirse de risa. Por tener, nuestros “ignoti soliti” no tienen ni siquiera relojes que sincronizar, como se percatan poco antes de dar el “gran golpe” y, al final, acaban obteniendo como suculento botín un buen potaje de garbanzos y cuatro morcillas. Todo un trabajo “ci-ci-éntifico” (¿no calificaba del mismo modo José Luis López Vázquez su plan en la también notabilísima “Atraco a las Tres”?).

Y es que estos tipos harían cualquier cosa por no ir al tajo (el gran “coco” de los protagonistas, como se advierte en el soberbio final, con Beppe siendo arrastrado por la turbamulta de proletarios, mientras el viejo Capannelle prorrumpe en un admonitorio: “¡Beppe, no seas loco, que te van a hacer trabajar!”), cualquier cosa por recalar en ese “dolce far niente” que constituye el gran ideal de los pueblos mediterráneos, ese “estado nirvánico” del que no da ni palo y se tumba bajo el sol con un gintonic en la mano. Porretadas de ingenio degeneradas en simple “listeza”, malbaratadas (¿o no?) en alcanzar ese punto de honor cuasiaristocrático que consiste en no tener que fichar cada mañana.

Porque trabajar, en el fondo, no es bueno, y ahí sí que no nos la clavan los boches y demás pueblos anglosajones… (cruce de mangas a la italiana).

– II –

Lo que hace humana a esta película es el hatajo de entrañables perdedores que la protagonizan. Es difícil no acabar encariñándose de Beppe il Pantera (Vittorio Gassman), ese grandullón que se las da de aspirante al título de los pesos pesados, primero, y de gran urdidor de robos científicos, después, y que acaba noqueado por la vida en ambos “rings”; de Tiberio (Marcello Mastroianni), fotógrafo calzonazos y cineasta patoso, siempre con su bebé a cuestas y el brazo (un poco fascista) en cabestrillo; del viejo Capannelle (Carlo Pisacane), con su “uniforme” de ladrón, glotón desdentado al que le quedan dos telediarios, pero aun así siempre está a la rapiña de cualquier cosa que esté al alcance de sus manos: una papilla de niño, unas galletas, una calada, un despertador o lo que se tercie; de Ferribotte (Tiberio Murgia), ese siciliano de sonrisa inimaginable (hay algo en sus rasgos faciales que le impide expresar cualquier emoción que no sea… esa inexpresividad fatalista y tristona, de reminiscencias semíticas, que lleva inscrita en la cara durante todo el film), un talibán que guarda a su bella hermana (Claudia Cardinale) bajo siete llaves, para que nadie profane su virginidad; de Cósimo (Memmo Carotenuto), el delincuente “independiente”, siempre cabreado, al que no toman en serio ni los dependientes de banco con una pistola en la mano; de Mario (Renato Salvatori), el huérfano de tres madres; de Dante Cruciani (Totò), el viejo “maestro de escuela”, siempre aleccionando a sus pupilos en la dura asignatura del latrocinio…

Soñadores siempre desde las alturas (los techos de los edificios de Roma les sirven para imaginar, preparar y ejecutar el golpe que les sacará de la penuria) están, sin embargo, destinados a caer de vuelta a los bajos fondos, a la carbonera de los miserables, a las corralas de paredes desconchadas y ropa colgada al sol, a las chabolas ahumadas junto a la vía del tren… Para ellos, nunca hubo ni habrá ninguna posibilidad. El butrón que parece conducirles al paraíso tan sólo da a parar al mismo lugar en el que lo empezaron. Al mismo infierno. Porque todo, para ellos, es la misma condena, el mismo Mátrix: la cárcel, el matrimonio (“¿Para qué quieres que nos casemos, quieres que vaya de una condena a otra”?, le dice Cósimo a su prometida en la sala de visitas del trullo), el trabajo (no en vano, Beppe terminará cogiendo el pico y la pala en la obra… como otro recluso más en los trabajos forzados?). Sólo el “gran golpe” puede, de verdad, liberarlos.

– III –

Contrariamente a los delincuentes anglosajones, siempre tirando un poco a lobos asociales (el psicópata, el depredador solitario, sería tan sólo el lógico culmen criminal de esa cultura, del que ya estoy un poco hasta los cojones, porque hoy en día no hay serie o película que se precie en la que no aparezca uno), en este film los miembros de la pandilla y sus peripecias están empapadas de sociedad, de familia, de cotidianeidad, como les echa en cara Beppe en un momento dado, cuando sus responsabilidades familiares ralentizan el plan: “¡Estoy hasta la coronilla!: tú con tu hermana, tú con tu madre, tú con el nene… decidíos de una vez, esto es un trabajo científico” aunque él mismo ya se está enamoriscando de Nicoletta y hasta planeando un casamiento. En estas latitudes, lo científico, lo sistemático, acaba malogrado por la vida misma, que siempre se inmiscuye en el peor momento, como la discusión de pareja bajo la claraboya (una de las escenas más logradas de Monicelli).

Bajo el imperio de la ley de Murphy, todo acaba saliendo meticulosamente mal. Todo, salvo el guión (que funciona como un reloj) y la cámara de Monicelli, que resultan ser algo así como el reverso de esta chapuza de atraco. Basta contraponer la filmación de la caja de caudales de Tiberio (“Como película, una porquería”, que diría Totò), con el milimétrico modo en el que Monicelli sigue la explicación del robo por parte de Beppe, a través de los ojos de los protagonistas, para darse cuenta de que aquí lo único que sale niquelado es este “Rufufú”, bajo la mano maestra del defenestrado director italiano (y digo defenestrado no porque no fuera reconocido en vida, sino porque acabó tirándose de la ventana del hospital hará unos años, ya cerca de cumplir un siglo de vida, siguiendo una vieja rutina familiar -la del suicidio- que su padre ya acometió durante la época fascista).

– IV –

Y hablando de la muerte… no puedo ultimar esta reseña sin hacer referencia a una de mis escenas preferidas de todo el cine de comedia, la de la funeraria, en la que estos ladronzuelos se reúnen en torno al difunto Cósimo, más por convención social y por ese estremecimiento que a uno le recorre el cuerpo cuando de la muerte se trata (como si uno la oliese en sí mismo) que por auténtico sentimiento y entre ellos surge esa conversación de mortales besugos que se genera en estas situaciones, con sus topicazos ineludibles: “Ah, la vida, hoy una buena noticia, mañana otra mala”, dice Beppe. Y Ferrobetti le contesta: “Como suele decirse, una de cal y otra de arena”, a lo que Dante, en tono más sentimental, añade: “Ah, mira, parece que duerme...”. Y Beppe, otra vez: “Sí, pero yo prefiero recordarle tal y como era”. Y, a partir de ahí, como de la muerte los mortales no tenemos en el fondo casi nada que decir más que es una gran putada, siguen más frases hechas de rigor y entramos ya en el territorio del absurdo: “Siempre se van los mejores”, continúa lamentándose Ferrobetti, a lo que Capanelle responde: “Últimamente no se encontraba demasiado bien” (lo que, teniendo en cuenta que a Cósimo le ha atropellado un tranvía, resulta sin duda de lo más pertinente). “Hoy te toca a ti, mañana a mí”, susurra Tiberio… y, entonces, como intuyendo ellos mismos ya el absurdo de la situación y habiendo alcanzado los límites razonables de la empatía humana, el viejo Cruciani se desmarca de toda esa mierda social y sentimental en torno a la muerte y se marca un “Pues en cuanto a mí me toca, cuanto más tarde, mejor”, a lo que Ferribotte se suma con un lapidario “Eso es, el muerto al hoyo y el vivo, al bollo”, con lo que acaba ya definitivamente todo el paripé, justo cuando pasa un coche de policía a su lado y el grupo se desbanda en cuestión de segundos al grito de “¡Difuminaos!”. Sencillamente, genial. Vuelta a la vida, al “bollo”, al presente… y a la muerte y a los muertos, que les den (nuevo corte de mangas a la italiana).

Al final de semejante chapuza, este puñado de delincuentes de tres al cuarto apenas obtendrá de este atraco imperfecto el recuerdo de unos cuantos personajes memorables que se han cruzado en su camino, un buen puñado de risas y, por qué no, quizá hasta lo mejor de todo, un buen potaje de garbanzos y morcillas en buena compañía. ¿Y, en el fondo, hay mejor botín para un miserable? Quiero decir… dentro de lo posible, una vez habiéndose estampado contra el molino de viento de la ilusión y haberse dado el gran castañazo… ¿lo hay?

Sólo sé que la vida es una gran tragicomedia y “Rufufú” es, en el ámbito del cine, posiblemente de lo más cercano que existe a ella.

Escena de la explicación del robo:

Escena del rodaje de “La Comadre”:

Escena de la “Lección de Latrocinio” por parte de Totò:

Escena de la “persecución” en autochoque:

Escena del “velatorio”:

Escena de la claraboya:

Escena del butrón:

Escena del potaje de garbanzos:

Escena final: