Archivos para marzo, 2012


Hará unos meses, vi este documental de Werner Herzog sobre los extraños especímenes humanos que habitan la Antártida. Tiene momentos sublimes, pero el que más me gusta de todos ellos es este, en el que el director alemán habla con un científico que lleva veinte años estudiando a los pingüinos. En la base le han comentado que este doctor es un tipo singular, muy reservado, que lleva tantos años estudiando a los pingüinos en medio de la soledad del continente antártico que ya apenas siente la necesidad de comunicarse con otros seres vivos de su misma especie. En la entrevista que Herzog le hace (en este vídeo sólo se recoge el final de su conversación, cuando ya parece que el tío se va soltando) casi se siente el esfuerzo sobrehumano que le provoca emitir cada pequeña frase. Pero al fin empieza a contarle la historia de los pingüinos desorientados (una imagen que Herzog tuvo la suerte de filmar). Resulta profundamente turbadora la escena en la que ese pingüino se queda solo en mitad del hielo, visiblemente confuso, sin saber bien a dónde dirigirse, y al punto inicia una imparable marcha hacia la nada, hacia el desolado interior del continente helado, como al parecer les sucede a otros muchos pingüinos. Una vez emprendido ese último viaje, como se narra en el documental, no hay nada ni nadie que pueda desviar a estos desdichados animales de ese empeño alocado y suicida (cuando los científicos intentan traerles de vuelta a la colonia, los pingüinos perturbados enderezan otra vez sus pasos hacia el Polo Sur, como impulsados por una mortal atracción magnética).

Hay algo que, a lunáticos como yo, nos fascina (al tiempo que nos aterra) en la marcha de ese pobre pingüino…