La Vida de los Otros (2006)

Publicado: noviembre 27, 2011 en Bufo Alvarius bajo el Cactus Saguaro (CINE)



-I-

Mi novia y yo la vimos en su día y los dos salimos del cine obnubilados. Al salir (eran casi la una) me encontré con mi coche sin batería (soy muy despistado y había dejado las luces encendidas), pero la verdad es que no me importó: esperamos durante media hora al servicio de asistencia, y pasamos ese rato hablando y pensando sobre la película (más pensando que hablando, la verdad, era difícil desenredar el nudo que aún teníamos en la garganta).

Para mí esta película es de las mejorcitas que he visto en los últimos años y el film trata, sobre todo, temas humanos.

Casi diría que una de las cosas más notables de la película es ver, precisamente, cómo se va resquebrajando la cáscara “política” del film, poco a poco, y cómo irrumpe, finalmente, su sustancia humana. Llega un momento (al menos es mi caso) en que ya deja de importarme que aquello sea Alemania Oriental, que los “malos” sean de la Stasi, que la historia transcurra en 1984… lo universal (valga decir, lo humano) se lleva por delante cualquier fecha, cualquier lugar, cualquier ideología (aunque Von Donnersmarck tiene la suya, claro está, y desde luego no es de izquierdas).

Es más, en esta peli el arte y la vida vencen a la ideología…

– II –

Hay un momento que me emociona mogollón en la película (para mí es ahí donde empieza a romperse todo, la “coraza” del protagonista): es aquella en la que Wiesler entra furtivamente, solo, en el piso de Dreyman. Se pasea por las habitaciones, ve el “tenedor de ensalada” y la pluma que le han regalado sus amigos en la fiesta y que este ha agradecido tanto, acaricia la cama en la que Dreyman y Krista duermen y hacen el amor… hasta entonces, sencillamente, había sido un espectador implacable de la vida que tenía lugar abajo. Ahora palpa su humanidad. Jamás sabremos por qué sintió la necesidad de subir al “escenario”, de meterse en el interior de las “páginas” que estaba leyendo fríamente… pero es que jamás sabremos, tampoco, por qué nosotros nos hacemos uno con los libros que leemos, en principio desde la lejanía; o con las obras de teatro (o las películas) que observamos desde el patio de butacas… pero el caso es que sucede: es más, a todos nos ha sucedido).

Wiesler coge el libro de Brecht y vuelve arriba, a la lejanía de los dioses que todo lo saben y que son implacables, indiferentes, crueles. Pero su visita a la “tierra” lo ha transformado, para siempre. Y, poco a poco, empieza a hacerse uno con aquellas vidas humanas que contempla.

Luego llega Krista, después de haber cedido a las pretensiones carnales del ministro; se tumba en la cama, acurrucada, y pide a Dreyman que la abrace. Se duermen así y lo más curioso es que el propio Wiesler se queda dormido también, como abrazándola. Por primera vez el “Gran Hermano” cierra sus ojos -hasta entonces abiertos, implacables-, y se hace uno con aquellos que en principio debía vigilar. Por primera vez, también, sueña. Empieza a surgir en él la imaginación (la imaginación que luego salvará a Dreyman, inventando unos informes falsos, unos acontecimientos que no están sucediendo: sus informes se convierten en un esbozo de ficción… no en vano, veinte o treinta tomos de pésima literatura acaban salvando una vida).

Ya hasta puede leer libros: hacerse uno con algo que está lejos, sobre una página en blanco. Leer el poema de Brecht con los ojos de quien está, verdaderamente, viendo pasar una nube (maravilloso este actor alemán, recientemente fallecido… yo no lo conocía).

– III –

La humanidad entra en la conciencia maquinal de Wiesler como el niño y su pelota entran en el ascensor, en una de las escenas más fabulosas de la película. “Si quieren averiguar si alguien es culpable el método infalible es someterle a un interrogatorio continuo hasta dejarle agotado” (al niño le basta una sola pregunta para desarmar a Wiesler…)

– IV –

Otro de los momentos inolvidables es aquel en el que, por primera vez, Wiesler interviene directamente en la vida de “los otros”; cuando intenta convencer a Krista -con sutileza- de que no siga vendiendo su cuerpo y su alma al ministro y vuelva a casa con Dreyman (fabuloso el diálogo entre los dos: “Mucha gente la quiere por ser quien es”, “La he visto en el escenario… allí fue más quien es que como es usted ahora”, “Soy su público”…”). A la mañana siguiente lee el informe del otro chico de las Stasi y ve que puede influir en lo que ocurre abajo, en la vida de “los otros”… que puede cambiar el guion de la obra que está teniendo lugar a sus pies. Ya no hay vuelta atrás. Se ha implicado.

El último interrogatorio de Wiesler a Krista (en el que este, otra vez, con sutileza, intenta decirle a ella lo que tiene que decir -esos cabeceos, esas miradas, esas “indirectas”: “Piense en su público… y esta noche estará en el escenario, en su elemento, ante su público…”) me deja con la duda de si Krista le capta o no (si traiciona a Dreyman de verdad o no).

– V –

Me encanta la idea de dos hombres que sólo mantienen contacto a través de papeles, de informes, de libros. Nunca se encuentran físicamente, como mucho se oyen o se ven, pero jamás llegan a hablarse o a tocarse. Dos hombres unidos por una máquina de escribir (palabras). Hasta Dreyman conoce la verdad, finalmente, a través de los tomos de informes (más palabras). La ironía suprema llega cuando uno piensa en que Wiesler es “condenado” a abrir cartas de gente anónima, y luego a repartirlas (más y más palabras, palabras que unen a unas personas con otras), durante toda su vida.
Hasta que, de repente, llega una, por así decirlo, seis o siete años después de que lo que cuenta la peli ocurriera, que en verdad es sólo para él. Palabras que un hombre (Georg Dreyman) escribe a otro hombre (Gerd Wiesler): ya importa una puta mierda dónde estemos, en la RDA o en la Patagonia; cuál sea el régimen concreto del que hablamos, importa una jodida mierda todo… quien a esas alturas de la película siga viéndola en términos “políticos”, “históricos” o “ideológicos” es que que lleva ya dos horas viendo la película como la veía el primer Wiesler, tratando de pasar informes delatorios sobre las posiciones políticas de su director, Von Donersmarck, en vez de hacerse uno con la vida -humana- de “los otros”, de los que están ahí abajo. Es un jodido “Stasi”.

Esta película habla, entre otras mil cosas, del nacimiento de algo que aún hoy sigue siendo un misterio, casi una anomalía. Eso que los psicólogos y científicos modernos llaman asépticamente, “empatía”, y que yo prefiero llamar con el nombre humano con el que siempre se le ha conocido: “compasión”.

La vida de los otros es, también… nuestra vida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s