Alumbramiento (2002)

Publicado: noviembre 27, 2011 en Bufo Alvarius bajo el Cactus Saguaro (CINE)



– I –

En blanco y negro, y muda… probablemente, así fue filmada la Vida, en su versión original.

“Alumbramiento”, de Víctor Erice, parece remontarse a ese lejano instante, en el que dos únicos colores (el blanco y el negro) batallaban por la Vida.

(En silencio, más allá de las artimañas del color y la palabra)

La forma de narración, por lo pronto, es atípica. No hay apenas palabras, como digo. Erice nos va mostrando todo por imágenes: un reloj, que marca las cuatro menos veinte de la tarde; una luz radiante, de verano; un bebé y su madre que duermen; un espantapájaros con un casco de soldado en su cabeza; un periódico con fecha de 1940, que muestra a dos soldados nazis victoriosos; un hombre dormido, y sobre él, muchos cuadros de la Habana y de su vida allá, en las Américas; en el patio, un hermoso coche, también con matrícula de Cuba; una mujer que, amorosamente, cose el nombre de Luisín sobre una ropa de niño…

Y todo está ya contado.

De repente, una mancha negra comienza a extenderse por la ropa (blanquísima) del niño que duerme.

Es la sangre.

Al bebé se le ha reabierto la cicatriz del ombligo, y se desangra, lentamente

Pero volvamos al principio… (el principio es el Tiempo y la Luz).

En la película, el tiempo forjado por los hombres, el que indican las manecillas de un reloj de péndola o las fechas de los periódicos, es traspasado.

Como en los palimpsestos…

En ellos siempre hay un texto, una escritura original, por debajo de la que ahora es visible.

Erice, en sus imágenes, nos descifra ese tiempo primero (grabado a fuego en el mismísimo meollo del vivir): misterioso tictac el que resuena en el balanceo de la niña en su columpio; o en las segadas de los campesinos con su guadaña; en el repiqueteo de una máquina de coser, cuando una mujer escribe sobre un manto el nombre de un bebé; o en la simple frotadura rítmica de unos zapatos, al ser limpiados…

A Erice siempre le ha gustado contemplar a los hombres, en su cotidiano quehacer. Mirarlos con reverencia.

Ese es el tiempo. ¿Y la luz?

Su absoluta blancura casi deslumbra. Antes del desperdigamiento de los colores, debió de haber una luz así, un blanco refulgente. Antes de que alguna aciaga gota de agua lo disgregara, ya sabéis…

Hay un umbral a partir del cual todo ojo humano ve una misma cosa: esa luz, esa blancura.

Erice no nos muestra el Sol en ningún momento; sólo vemos sus rayos, batiendo las cosas con titilante ternura.

De súbito, como antes contaba, algo amenaza ese blancor y ese tiempo: es la sangre, que se desparrama por el ombligo del bebé, recién venido a la vida.

Un enigmático gato negro salta a la cuna del niño; este despierta y llora.

Todos acuden a ese grito.

Los escenarios que antes ocupaban quedan vacíos, todos dejan de lado sus labores y se acercan, raudos, a la habitación del bebé.

La criada cose la herida abierta, tratando de calmar al niño, y lo devuelve a los brazos de su madre.

El resto mira con los ojos bien abiertos. Es como si, tras oír ese llanto de bebé, todo lo vivo se hubiese reunido alrededor de esa cosita frágil, de lo que corría el riesgo de morir.

Pasado el susto, los hombres vuelven a sus quehaceres, pero la muerte les ha enseñado su juego (la vida es muy frágil).

“Esta luz, que parecía tan poderosa, quizás sea sólo una chispa, siempre a un tris de extinguirse”, viene a decirnos Erice. “Pero nosotros, los vivos, somos sus portadores… los trajineros de un exiguo fuego que la Oscuridad, con terqueza, reclama para sí”.

(Y la Oscuridad, ya se sabe, es infinita…)

– II –

De repente, una mancha negra comienza a extenderse por la ropa (blanquísima) del niño que duerme.

Es la sangre.

Al bebé se le ha abierto la cicatriz del ombligo, y se desangra, lentamente”

¿A quién no le reduele el ombligo alguna vez?

Siempre he pensado que esa pequeña cicatriz en nuestro ventrecillo es de las que se abren hacia dentro (sí, el alma bien podría ser algo así como su doliente sangraza…)

Más allá de estas vislumbres mías, el ombligo y la individualidad parecen estar irremediablemente engarzados.

Hay una escena en la película, la del recosimiento del ombligo, relacionada con todo esto que cuento.

En ella, la nana, sonriente, consuela al bebé, mientras recierra la herida abierta en su vientre. Luego deja al niño en manos de su madre, que le canta un dulce arrullo…

Uno no puede menos de traducir en palabras esa sonrisa y ese canto. Algo así como un:

“Duerme, pequeño, y no llores, pues esta herida que ahora te atormenta ya cicatrizará. El tiempo aplacará la pena de la separación y, tarde o temprano, la soledad será para ti, como para todos, una costumbre…”

Pero todos sabemos que eso nunca sucede, del todo. El cordón de la Vida, ya roto, a veces reduele, como le reduelen al mutilado sus piernas inexistentes.

Y yo me pregunto:

¿Qué enigma esconde la tronca de ese cordoncillo? ¿Cuál es el misterioso sentido de la individualidad?

Que cada cual se responda a sí mismo…

Ahora bien, si queréis saber mi respuesta, os diría que a mi ver somos el rabo de la lagartija, los pedacitos de carne que la Vida deja allí, en la misma boca de la Muerte, para entretenerla y seguir huyendo.

¿Lo habéis entendido? Sólo el rabo de la lagartija o la echazón del capitán, nada más; sólo eso.

(Nada menos que eso…).

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