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Tu vieja madre…

Publicado: noviembre 29, 2011 en Música España, Música España (80s)



Golpes Bajos… “Cena recalentada”… ¡y en los tiempos anteriores al microondas!

Ay, recuerdos…

Cuando esa madre terriblemente cansina, a veces un poco chillona, a menudo deficientemente alfabetizada, con poco “mundo”, pero siempre abnegada y amorosa, leal (con sus preocupaciones cuasineuróticas, expresadas en frases y más frases repetitivas -las que aparecen en el vídeo y otras muchas más), termine por desaparecer (algo que ocurrirá tarde o temprano, por mucho que en el fondo de toda madre reside siempre una semilla de sacrificio) y sea sustituida por su versión postmoderna, el universo humano habrá perdido una de sus piezas más valiosas.

Sin ir más lejos, ayer mismo mi madre, que está ya viuda, me volvió a repetir una de esas típicas frases, ante la perspectiva de pasar un fin de semana más sola en casa (reproducir el tono con que se pronuncian estas cosas en un escrito es misión imposible, pero creo que cada uno de nosotros somos capaces de darles la entonación justa aquí dentro, en nuestra propia cabeza):

“A mí con que vosotros estéis bien, ya me basta; yo ya me las arreglaré…”.

Por una parte, ese tipo de frases me causan una insondable tristeza, casi rabia (¡todas las cosas que se habrá perdido mi madre para sí misma por ese modo de ver el mundo!) y al tiempo una infinita admiración; una admiración que todos las modernas madres, con su rectitud dietética; su educación racionalmente planificada; su par de títulos universitarios; sus comprensibles y merecidas ansias de ascenso laboral; con su intento, siempre bienintencionado, de salvar el cuarto de siglo que le separa de su hijo y darle “tiempo de calidad” (y todo esto en el mejor de los casos, claro está) jamás conseguirán arrancar de sus vástagos.

Creo que fue un viejo poeta checo, hoy injustamente olvidado, quien lo expresó mejor que nadie en uno de sus poemas:

“¿Has visto alguna vez a tu vieja madre
en el momento en que te hace la cama,
extiende, estira, remete y acaricia la sábana,
para que no quede ni una sola molesta arruga?
Su respiración, el gesto de sus manos y sus palmas
son tan amorosas
que en el pasado siguen apagando el incendio de Persépolis
y en el presente aplacan ya alguna tempestad futura
en el mar de China o en otro hasta hoy desconocido…”

Y, al punto, en el que para mí siempre ha sido mi ideal de resurrección (tanto en mis momentos de duda como en instantes de fe; de hecho por encima de cualquier otra circunstancia vivida), remata el poema, diciendo:

“¿Que después de esta vida tengamos que despertarnos
un día aquí al estruendo terrible de trompetas y clarines?
Perdona, Dios, pero me consuelo pensando
que el principio de nuestra resurrección,
la de todos los difuntos,
la anunciará el simple canto de un gallo…
Entonces nos quedaremos aún tendidos un momento…
La primera en levantarse será mamá…
La oiremos encender silenciosamente el fuego,
poner silenciosamente el agua sobre el fogón
y coger con sigilo del armario el molinillo de café.
Estaremos de nuevo en casa”.

Amén.

Desde siempre, los filósofos se han preguntado: “¿Qué es la realidad?”.

Los científicos: “¿Cómo funciona el universo?”

Los éticos: “¿Qué es el bien y qué es el mal?”

Y los religiosos: “¿Existe Dios?” “¿Es la muerte real?”…

Pero no os engañéis… la única pregunta que a todos los humanos nos ha hecho estremecernos de pies a cabeza (entrepierna incluida), es esta:



El miedo y el deseo, las dos grandes corrientes motoras del hombre, se concentran de modo deliciosamente atroz en cada pequeña célula de nuestro cuerpo, en esos pocos segundos que tarda en llegar la respuesta…

Sí… o no.

Bien pensado, todas las preguntas de arriba no son más que una sublimación de la única pregunta humanamente “real” y “pertinente”.



– I –

En blanco y negro, y muda… probablemente, así fue filmada la Vida, en su versión original.

“Alumbramiento”, de Víctor Erice, parece remontarse a ese lejano instante, en el que dos únicos colores (el blanco y el negro) batallaban por la Vida.

(En silencio, más allá de las artimañas del color y la palabra)

La forma de narración, por lo pronto, es atípica. No hay apenas palabras, como digo. Erice nos va mostrando todo por imágenes: un reloj, que marca las cuatro menos veinte de la tarde; una luz radiante, de verano; un bebé y su madre que duermen; un espantapájaros con un casco de soldado en su cabeza; un periódico con fecha de 1940, que muestra a dos soldados nazis victoriosos; un hombre dormido, y sobre él, muchos cuadros de la Habana y de su vida allá, en las Américas; en el patio, un hermoso coche, también con matrícula de Cuba; una mujer que, amorosamente, cose el nombre de Luisín sobre una ropa de niño…

Y todo está ya contado.

De repente, una mancha negra comienza a extenderse por la ropa (blanquísima) del niño que duerme.

Es la sangre.

Al bebé se le ha reabierto la cicatriz del ombligo, y se desangra, lentamente

Pero volvamos al principio… (el principio es el Tiempo y la Luz).

En la película, el tiempo forjado por los hombres, el que indican las manecillas de un reloj de péndola o las fechas de los periódicos, es traspasado.

Como en los palimpsestos…

En ellos siempre hay un texto, una escritura original, por debajo de la que ahora es visible.

Erice, en sus imágenes, nos descifra ese tiempo primero (grabado a fuego en el mismísimo meollo del vivir): misterioso tictac el que resuena en el balanceo de la niña en su columpio; o en las segadas de los campesinos con su guadaña; en el repiqueteo de una máquina de coser, cuando una mujer escribe sobre un manto el nombre de un bebé; o en la simple frotadura rítmica de unos zapatos, al ser limpiados…

A Erice siempre le ha gustado contemplar a los hombres, en su cotidiano quehacer. Mirarlos con reverencia.

Ese es el tiempo. ¿Y la luz?

Su absoluta blancura casi deslumbra. Antes del desperdigamiento de los colores, debió de haber una luz así, un blanco refulgente. Antes de que alguna aciaga gota de agua lo disgregara, ya sabéis…

Hay un umbral a partir del cual todo ojo humano ve una misma cosa: esa luz, esa blancura.

Erice no nos muestra el Sol en ningún momento; sólo vemos sus rayos, batiendo las cosas con titilante ternura.

De súbito, como antes contaba, algo amenaza ese blancor y ese tiempo: es la sangre, que se desparrama por el ombligo del bebé, recién venido a la vida.

Un enigmático gato negro salta a la cuna del niño; este despierta y llora.

Todos acuden a ese grito.

Los escenarios que antes ocupaban quedan vacíos, todos dejan de lado sus labores y se acercan, raudos, a la habitación del bebé.

La criada cose la herida abierta, tratando de calmar al niño, y lo devuelve a los brazos de su madre.

El resto mira con los ojos bien abiertos. Es como si, tras oír ese llanto de bebé, todo lo vivo se hubiese reunido alrededor de esa cosita frágil, de lo que corría el riesgo de morir.

Pasado el susto, los hombres vuelven a sus quehaceres, pero la muerte les ha enseñado su juego (la vida es muy frágil).

“Esta luz, que parecía tan poderosa, quizás sea sólo una chispa, siempre a un tris de extinguirse”, viene a decirnos Erice. “Pero nosotros, los vivos, somos sus portadores… los trajineros de un exiguo fuego que la Oscuridad, con terqueza, reclama para sí”.

(Y la Oscuridad, ya se sabe, es infinita…)

– II –

De repente, una mancha negra comienza a extenderse por la ropa (blanquísima) del niño que duerme.

Es la sangre.

Al bebé se le ha abierto la cicatriz del ombligo, y se desangra, lentamente”

¿A quién no le reduele el ombligo alguna vez?

Siempre he pensado que esa pequeña cicatriz en nuestro ventrecillo es de las que se abren hacia dentro (sí, el alma bien podría ser algo así como su doliente sangraza…)

Más allá de estas vislumbres mías, el ombligo y la individualidad parecen estar irremediablemente engarzados.

Hay una escena en la película, la del recosimiento del ombligo, relacionada con todo esto que cuento.

En ella, la nana, sonriente, consuela al bebé, mientras recierra la herida abierta en su vientre. Luego deja al niño en manos de su madre, que le canta un dulce arrullo…

Uno no puede menos de traducir en palabras esa sonrisa y ese canto. Algo así como un:

“Duerme, pequeño, y no llores, pues esta herida que ahora te atormenta ya cicatrizará. El tiempo aplacará la pena de la separación y, tarde o temprano, la soledad será para ti, como para todos, una costumbre…”

Pero todos sabemos que eso nunca sucede, del todo. El cordón de la Vida, ya roto, a veces reduele, como le reduelen al mutilado sus piernas inexistentes.

Y yo me pregunto:

¿Qué enigma esconde la tronca de ese cordoncillo? ¿Cuál es el misterioso sentido de la individualidad?

Que cada cual se responda a sí mismo…

Ahora bien, si queréis saber mi respuesta, os diría que a mi ver somos el rabo de la lagartija, los pedacitos de carne que la Vida deja allí, en la misma boca de la Muerte, para entretenerla y seguir huyendo.

¿Lo habéis entendido? Sólo el rabo de la lagartija o la echazón del capitán, nada más; sólo eso.

(Nada menos que eso…).



Parecía casi una caricatura, pero tras ella latía una auténtica alma de rocker (ya se sabe que lo esencial es siempre invisible a los ojos). Eso es lo que hacía al personaje musical tan atractivo, tan perfecto. La máscara artística y el enmascarado humano se daban de la mano, eran uno.

Willy Deville surgió de William Paul Borsey como una fantasía. Había nacido en Connecticut, pero quiso volver a nacer, artísticamente hablando, en Nueva Orleans. El físico le acompañaba, pues parecía una sabandija. La voz también, como corrompida por galones y galones de bourbon, y siempre emocionante. Su alma poseía una estructura heterogénea, mitad romántico idealista, mitad capullo práctico, siempre a salto de mata; exactamente como su música, que era un olla podrida (nunca mejor dicho) de rhythm and blues, ritmos chicanos, soul, balladas de crooner de los años 50, rock and roll clásico… No le faltaba tampoco esa actitud chulesca tan necesaria, ese aire de perfecto fantoche, sin el que muy pocos, sólo los elegidos, pueden hacer rock del bueno. Además, componía bastante bien y, sobre todo, sabía contar buenas historias en una canción. Ojo, concebirlas, escribirlas e interpretarlas (estamos hablando de uno de los mejores “diestros” de canciones que haya habido en la historia: no en vano, sabía que lo primero que había que hacer ante una canción era elegir el lugar donde “colocarse”, la distancia exacta desde donde abordarla y estrujarle todo su jugo). Escogida su “posición”, tan sólo le restaba sacar su voz rasgada de la funda, disparar directo al corazón y… ahí estaban las canciones (y las versiones) de Willy Deville.

Sólo por poner un ejemplo, pocas veces he escuchado una canción tan bien “narrada” como “Spanish Jack”: todo en ella está elegido a la perfección, desde el tono y el ritmo hasta el mismísimo acento, la “colocación” sentimental y el tempo de las frases. La escena musical que dibuja es impecable; estamos hablando de una auténtica obra maestra de interpretación, que debería ofrecerse de modelo en todas las escuelas, guste o no guste su música. Deville sabía siempre para qué cantaba y desde dónde lo hacía (cosas que muchos simples “cantantes”, algunos incluso muy buenos, olvidan, dejando la mitad del jugo, sin exprimir, en el corazón de sus propias composiciones). Este tipo, en cambio, se hacía uno con sus propias historias, y con las ajenas, como muy poca gente lo haya hecho antes y les extraía toda la substancia. No por casualidad, “expresión” es, en latín, el sustantivo de “exprimir”… perfecta definición de lo que significa el arte para el artista que la ejecuta (ya sólo por poseer esa capacidad, este tipo me merece un respeto absoluto e incondicional).

Unos pocos retoques externos terminaron de acabalar la figura de Willy Deville: se dejó un mostacho a lo Pierre Nodoyuna y se vistió, ya bien como un poeta decadente francés del XIX, o como un viejo pirata de pocos escrúpulos… consiguiendo, por fin, la imagen que siempre recordaremos de él: la de un proxeneta con clase; un tío al que no le dejarías ni cinco centavos para un cigarrillo fuera del escenario, pero al que pagarías 100 dólares por verle tocar en vivo y llevarte eso a la tumba.

Deville no hizo jamás nada nuevo, musicalmente hablando… sólo lo hizo mejor. Más profundo.

Sus primeros pasos los dio con Mink Deville en el New York recién asolado por la “new wave” y el “punk”. Estaba hecho claramente de otra pasta musical, pero sus interpretaciones eran cortas, directas y arrebatadas… y eso, unido a cierta “actitud”, hacía que a los punks del CBGB el tipo les cayera simpático: para ellos, Deville pertenecía a una prehistoria idealizada, a todo un mundo perdido, casi jurásico, muy anterior a los solos de veinte minutos y a las “sobradas” de virtuosismo instrumental.

En sus primeros discos, abundan los “rockers”, los rhythm and blues sucios, los trasfondos boogies; su banda musical parece haber surgido de una pandilla callejera. Posteriormente, las baladas cobran más y más terreno y también las versiones de viejos clásicos, hasta llegar a un disco que a mí, especialmente, me encanta: “Horse of a Different Colour”. Este álbum contiene dos o tres versiones de pequeños clásicos del blues y del soul en los que Deville ahonda, llevándolos a una perfección desconocida. En su interpretación, se convierten en auténticos “killers” sentimentales, que emocionan de una forma muy singular. Más por su verdad anímica que por su genialidad musical. Quien siga teniendo la falsa idea de que Deville era un simple fantoche disfrazado, encontrará en este disco su refutación más palpable. De propina, además, Deville deja sobre la mesa dos o tres pequeñas gemas de su propia cosecha, que casan a conciencia con las versiones mencionadas, entroncando su música con la de sus clásicos idolatrados y cerrando, así, un círculo emocional y artístico que había empezado a trazar casi veinte años atrás. Este disco es un pequeño clásico de la verdad.

Se nos ha ido un “oriundo” del rock, una especie ya en extinción. Alguien para quien el rock no es sólo un género musical, sino una forma de vivir y ser en el mundo. En los próximos años se nos irán muchos más, es época de siega para aquellos que nacieron en los años 40 y 50 y participaron, por tanto, en el renacimiento del rock en los años 60. Las nuevas generaciones, por mucha nostalgia “rootsy” que puedan mostrar y mucho talento que posean no pueden ya penetrar en el significado profundo de las “raíces” del rock. Hay tanta diferencia entre un rocker de la vieja escuela y los jóvenes nostálgicos de esta, como entre un campesino de hace sólo una o dos generaciones y un nuevo rusticante que deja la ciudad para irse a vivir al campo y cultivar pimientos orgánicos; el rock (como la naturaleza en mi analogía) es algo que admiran y que buscan proteger, una cosa débil; no algo poderoso por (y contra) lo que han luchado; es una actividad, como mucho un ideal; pero no una cultura. Sólo se ama de verdad aquello contra lo que uno ha bregado, de un modo u otro. El secreto no está en el fruto final ni en el proceso intermedio, ni siquiera en el terreno que se cultiva, pues… sino en las raíces humanas que se hacen uno con la tierra que pisas y en qué las alimenta y las hace crecer y arraigar.

Willy Deville, en ese sentido, jamás pasará a la alta historia del rock, y aún así, será rock hasta el tuétano.

Lo cierto es que Deville me ha enseñado muchas cosas; en primer lugar, el significado oculto de algunas canciones, que sus autores originales no habían conseguido expresarme debidamente. Sin ir más lejos, su “Slave to Love” bien puede ser la versión definitiva de la composición de Ferry; al oírla en la voz de Deville esta pasa de ser una simple canción elegante para almas románticas, cantada por un dandy, a una confesión personal en toda regla, en la que el amor brota, como una flor preciosa, de abismos y abismos de tristeza; algo a lo que no se le puede decir “no” y que vivifica tanto como duele. Algo a lo que uno se aferra con desesperación, como se aferran los brazos de los marineros al mástil de un buque que naufraga…

También me hizo comprender (al escuchar su “Empty Heart”) de dónde venía ese vacío interior que, en el seno de uno, se va haciendo más y más grande, según pasan los años. “Nothing´s as heavy as an empty heart”, decía en esa canción Willy Deville. En otras palabras: ese aparente vacío interno que uno siente es, en realidad, un jodido agujero negro, el resultado fatal de tragarse más y más putas experiencias, cosa que por otra parte no podemos dejar de hacer, es un proceso natural e ineludible, que sólo falla en los muy imbéciles o en los gilipollas integrales; ese vacío no parece nada, un simple “hueco” en el seno de uno, pero pesa horrores, concretamente todo lo que hemos vivido. Hasta que llega el día en que ese agujero negro ya no puede hacer desaparecer más cosas en su seno, después de haberse tragado hasta la mismísima luz del vivir y… ¡pum!… todo explota y se va a tomar por culo (por cierto, no preguntéis nada a los científicos al respecto, os darán otro tipo de explicaciones, mucho más “objetivas” y “demostrables” sobre el asunto, sí, pero en el fondo son unos majaderos de tomo y lomo y sólo estarán intentando metérosla bien doblada; creedme, en realidad todo va de esto que digo… y punto).

“My love is like a storybook story, but it´s as real as the feelings I feel”, reza otra de sus canciones. Si dejamos la frase tal y como la concibió Deville, encontramos el secreto del romántico que fue; por su parte, si cambiamos “love” por “art”, hallamos el secreto de su oficio (el buen arte puede parecer una creación, pero es real; o al menos tan real como las emociones que sentimos); y ya si cambiamos “love” por “life”, nos topamos con algo todavía mucho más profundo… casi con nuestra única verdad interior: la de que la vida humana, vivida desde dentro, no es sino una fugaz “licencia para sentir” que nos ha sido concedida por razones desconocidas, por un tiempo limitado y que expirará el día menos pensado. Algo que estrujamos, como Deville estrujaba sus canciones, hasta que cae la última gota.

Habida cuenta de esto, bien podríamos afirmar que Willy Deville era algo así como nuestro “dealer”, un “camello” de emociones que nunca nos pasaba mercancía adulterada, un tío de confianza o… acabemos la analogía como a Deville le gustaría, revólver en mano… como un pistolero que nos disparaba siempre al corazón… y que rara vez fallaba.

A Willy Deville ya se le acabó su “license to thrill”… descanse, pues, en paz.



Otro personaje “recluido” más de Bresson, otro marginal con “algo” en los ojos, como todos los actores protagonistas de su filmografía.

Es, sin duda, una gran película de evasión carcelaria pero es que, en su minimalismo, acaba siendo mucho más que eso.

Un compañero me dijo cierta vez que era una de las fugas más aburridas a las que había asistido jamás. Superficialmente hablando, tenía toda la razón del mundo (hay mil filmes de penitenciaría más dinámicos que este); pero basta que haga uno sus mementos, para darse cuenta de cuán equivocado estaba.

De hecho, y parafraseando la frase de mi amigo, yo me atrevería a decir que esta es la búsqueda de la libertad más paciente a la que yo he asistido jamás en una sala de cine.

Porque eso es Fontaine: un tío con una pasión irreprimible (la libertad) y la paciencia necesaria para esperar o actuar, según llegue el caso (y en su perseverante búsqueda, se la trae al pairo que nos aburra). La escena de los pasos del teniente y de Jost sobre la gravilla, deteniéndose estoicamente cuando se aleja el tren y avanzando cuando este se acerca de nuevo es casi un símbolo de la película. Fontaine es poco menos que un monje en una celda y su fuga, una paciente obra de benedictinos.

Me temo que mi compañero jamás se hubiera escapado de un presidio; a mi compañero los guardas se lo hubieran cargado, en ese justo momento en el que, aburrido de la paciente búsqueda de su propia libertad, hubiera hecho un mínimo acto efectista o impulsivo, un paso de más en la gravilla de la terraza, una muesca de más en la puerta de su celda… un “espasmo” animal.

Se cuentan con los dedos de una mano las películas que hablen de una forma tan sencilla (y al tiempo tan honda) sobre esa gran pasión que es la libertad; sobre la infinita paciencia que es necesaria para conseguirla; sobre en qué radica, en el fondo, la diferencia del ser humano frente a cualquier otro animal de la creación (o de la evolución).

“¿Me promete que no intentará fugarse?”, le pregunta el oficial nazi a Fontaine, al principio de la película.

“Sí, se lo prometo”, contesta este.

Tras esa insignificante mentira, asistimos a una hora y media de verdad. A una obra maestra del cine.



-I-

Mi novia y yo la vimos en su día y los dos salimos del cine obnubilados. Al salir (eran casi la una) me encontré con mi coche sin batería (soy muy despistado y había dejado las luces encendidas), pero la verdad es que no me importó: esperamos durante media hora al servicio de asistencia, y pasamos ese rato hablando y pensando sobre la película (más pensando que hablando, la verdad, era difícil desenredar el nudo que aún teníamos en la garganta).

Para mí esta película es de las mejorcitas que he visto en los últimos años y el film trata, sobre todo, temas humanos.

Casi diría que una de las cosas más notables de la película es ver, precisamente, cómo se va resquebrajando la cáscara “política” del film, poco a poco, y cómo irrumpe, finalmente, su sustancia humana. Llega un momento (al menos es mi caso) en que ya deja de importarme que aquello sea Alemania Oriental, que los “malos” sean de la Stasi, que la historia transcurra en 1984… lo universal (valga decir, lo humano) se lleva por delante cualquier fecha, cualquier lugar, cualquier ideología (aunque Von Donnersmarck tiene la suya, claro está, y desde luego no es de izquierdas).

Es más, en esta peli el arte y la vida vencen a la ideología…

– II –

Hay un momento que me emociona mogollón en la película (para mí es ahí donde empieza a romperse todo, la “coraza” del protagonista): es aquella en la que Wiesler entra furtivamente, solo, en el piso de Dreyman. Se pasea por las habitaciones, ve el “tenedor de ensalada” y la pluma que le han regalado sus amigos en la fiesta y que este ha agradecido tanto, acaricia la cama en la que Dreyman y Krista duermen y hacen el amor… hasta entonces, sencillamente, había sido un espectador implacable de la vida que tenía lugar abajo. Ahora palpa su humanidad. Jamás sabremos por qué sintió la necesidad de subir al “escenario”, de meterse en el interior de las “páginas” que estaba leyendo fríamente… pero es que jamás sabremos, tampoco, por qué nosotros nos hacemos uno con los libros que leemos, en principio desde la lejanía; o con las obras de teatro (o las películas) que observamos desde el patio de butacas… pero el caso es que sucede: es más, a todos nos ha sucedido).

Wiesler coge el libro de Brecht y vuelve arriba, a la lejanía de los dioses que todo lo saben y que son implacables, indiferentes, crueles. Pero su visita a la “tierra” lo ha transformado, para siempre. Y, poco a poco, empieza a hacerse uno con aquellas vidas humanas que contempla.

Luego llega Krista, después de haber cedido a las pretensiones carnales del ministro; se tumba en la cama, acurrucada, y pide a Dreyman que la abrace. Se duermen así y lo más curioso es que el propio Wiesler se queda dormido también, como abrazándola. Por primera vez el “Gran Hermano” cierra sus ojos -hasta entonces abiertos, implacables-, y se hace uno con aquellos que en principio debía vigilar. Por primera vez, también, sueña. Empieza a surgir en él la imaginación (la imaginación que luego salvará a Dreyman, inventando unos informes falsos, unos acontecimientos que no están sucediendo: sus informes se convierten en un esbozo de ficción… no en vano, veinte o treinta tomos de pésima literatura acaban salvando una vida).

Ya hasta puede leer libros: hacerse uno con algo que está lejos, sobre una página en blanco. Leer el poema de Brecht con los ojos de quien está, verdaderamente, viendo pasar una nube (maravilloso este actor alemán, recientemente fallecido… yo no lo conocía).

– III –

La humanidad entra en la conciencia maquinal de Wiesler como el niño y su pelota entran en el ascensor, en una de las escenas más fabulosas de la película. “Si quieren averiguar si alguien es culpable el método infalible es someterle a un interrogatorio continuo hasta dejarle agotado” (al niño le basta una sola pregunta para desarmar a Wiesler…)

– IV –

Otro de los momentos inolvidables es aquel en el que, por primera vez, Wiesler interviene directamente en la vida de “los otros”; cuando intenta convencer a Krista -con sutileza- de que no siga vendiendo su cuerpo y su alma al ministro y vuelva a casa con Dreyman (fabuloso el diálogo entre los dos: “Mucha gente la quiere por ser quien es”, “La he visto en el escenario… allí fue más quien es que como es usted ahora”, “Soy su público”…”). A la mañana siguiente lee el informe del otro chico de las Stasi y ve que puede influir en lo que ocurre abajo, en la vida de “los otros”… que puede cambiar el guion de la obra que está teniendo lugar a sus pies. Ya no hay vuelta atrás. Se ha implicado.

El último interrogatorio de Wiesler a Krista (en el que este, otra vez, con sutileza, intenta decirle a ella lo que tiene que decir -esos cabeceos, esas miradas, esas “indirectas”: “Piense en su público… y esta noche estará en el escenario, en su elemento, ante su público…”) me deja con la duda de si Krista le capta o no (si traiciona a Dreyman de verdad o no).

– V –

Me encanta la idea de dos hombres que sólo mantienen contacto a través de papeles, de informes, de libros. Nunca se encuentran físicamente, como mucho se oyen o se ven, pero jamás llegan a hablarse o a tocarse. Dos hombres unidos por una máquina de escribir (palabras). Hasta Dreyman conoce la verdad, finalmente, a través de los tomos de informes (más palabras). La ironía suprema llega cuando uno piensa en que Wiesler es “condenado” a abrir cartas de gente anónima, y luego a repartirlas (más y más palabras, palabras que unen a unas personas con otras), durante toda su vida.
Hasta que, de repente, llega una, por así decirlo, seis o siete años después de que lo que cuenta la peli ocurriera, que en verdad es sólo para él. Palabras que un hombre (Georg Dreyman) escribe a otro hombre (Gerd Wiesler): ya importa una puta mierda dónde estemos, en la RDA o en la Patagonia; cuál sea el régimen concreto del que hablamos, importa una jodida mierda todo… quien a esas alturas de la película siga viéndola en términos “políticos”, “históricos” o “ideológicos” es que que lleva ya dos horas viendo la película como la veía el primer Wiesler, tratando de pasar informes delatorios sobre las posiciones políticas de su director, Von Donersmarck, en vez de hacerse uno con la vida -humana- de “los otros”, de los que están ahí abajo. Es un jodido “Stasi”.

Esta película habla, entre otras mil cosas, del nacimiento de algo que aún hoy sigue siendo un misterio, casi una anomalía. Eso que los psicólogos y científicos modernos llaman asépticamente, “empatía”, y que yo prefiero llamar con el nombre humano con el que siempre se le ha conocido: “compasión”.

La vida de los otros es, también… nuestra vida.